
Todo eran risas hasta que se bloqueó la dirección del coche. En un túnel, a ochenta kilómetros por hora y detrás de un camión de fruta. No poder girar apenas el volante pasó al segundo puesto de mis agobios en cuanto pisé instintivamente el freno. El pedal no se movió ni un milímetro.
Resumiendo, el Tucson no frenaba y la dirección estaba bloqueada. O estaba teniendo una pesadilla o me había saboteado el coche la mafia. Decir que me cagué vivo es quedarse a mil putas leguas del pavor que me sobrecogió.
Ante mi cara de angustia y mis blasfemias la nena me preguntó qué estaba pasando. Me costó responder porque las pelotas me oprimían el gaznate y porque no me creía las palabras que iban a salir de mi boca: el coche no frena y apenas puedo girar el volante, cariño. La nena no se tomó demasiado mal esa amenaza de muerte y me aconsejó ir bajando de marcha para reducir la velocidad. La obedecí de inmediato mientras me maldecía interiormente por no haberlo pensado yo antes, soy muy competitivo.
La cosa mejoró pero el coche seguía yendo bastante deprisa. Tenía que parar en el arcén antes de que nos estampásemos en una curva cerrada o nos comiésemos de golpe cinco mil kilos de fruta. Pero el arcén era de medio metro, llevábamos una caravana de coches detrás, el volante seguía sin obedecer y solo me respondía el freno de mano, artilugio que se suele utilizar cuando el coche está aparcado y no circulando. Por primera vez en mi vida encendí las luces de emergencia para avisar de una puta emergencia y no por parar en doble fila a comprar tabaco.
Mi cerebro seguía sin asimilar que aquello estaba pasando de verdad. Tenía la extraña sensación de que todo eso le estaba pasando a otra persona. Pero a la vez me sentía más vivo que nunca, con la sangre martilleándome las sienes y los nervios de punta. Es bastante irónico y poético que cuando más vivo te sientes sea cuando estás seguro de que vas a estirar la pata.

El túnel se acabó pero la diversión nunca para en la casa de la risa y comprobamos con espanto que la carretera continuaba por un viaducto elevado varios metros sobre el terreno. Me vino a la cabeza la escena final de “Thelma y Louise”. Estaba valorando la posibilidad de empujar a la nena fuera del coche y tirarme yo detrás cuando vimos a lo lejos una salida de la carretera.
Me abracé al volante y traté de girarlo jugándome una hernia. El coche empezó a virar centímetro a centímetro con la agilidad de un petrolero mientras el desvío se acercaba a toda hostia. Conseguimos tomar la salida rozando el larguero y yo me sentí como el puto Capitán Nemo.
Había ido de un pelo y suspiramos aliviados durante los dos segundos previos a descubrir que la salida desembocaba en una rotonda. En esos doscientos metros me dio tiempo a rezarles a todos los santos así que no sé a cual de ellos le debo una romería hasta su ermita por haber limpiado de coches la rotonda durante el nanosegundo que tardamos en atravesarla. Con las ruedas chirriando y el coche cruzado para no acabar subidos en medio del parterre central salimos escopeteados por la salida que pillaba más a mano y ahí, en la C-152, cerca de Olot, encontramos la salvación, queridos hermanos.
Todo ocurrió muy deprisa. Vimos un caminito a la derecha bastante propicio para la maniobra y juntando todas mis fuerzas y mis ganas de vivir conseguí girar el volante lo suficiente para entrar dando tumbos en el camino. Había llegado el momento de abrir el paracaídas así que, entrecerrando los ojos y apretando el culo, tiré del freno de mano como si quisiera arrancarlo de su sitio. El Tucson derrapó unos metros y finalmente se paró entre una nube de polvo. Habíamos despertado de la pesadilla.

Que te toque la lotería debe ser la polla pero la sensación de haber esquivado la muerte no es moco de pavo. Era como cuando se termina una relación destructiva, no me creía que se hubiese acabado la pesadilla, que todo fuese ya solo un mal recuerdo y que la vida continuase.
Permanecimos en silencio unos segundos mientras recuperábamos el aliento y asimilábamos lo que acababa de pasar. Un nauseabundo hedor a mierda me subió por las fosas nasales y asumí sin atisbo de vergüenza que me había cagado encima. Ni me inmuté, acababa de volver a nacer y un poco de caquita muy justificable no iba a ensuciar esa alegría. Pero la nena tiene buen olfato y supo identificar mejor que yo el origen del aroma. “Huele a mierda de vaca”. Nos dio la risa floja al descubrir que el coche se había detenido junto a un terreno recién abonado con toneladas de estiércol. Oler mierda fresca es un planazo si cinco minutos antes tu próximo plan era tu entierro.

No tengo ni idea de mecánica pero el charco de líquido viscoso que se había formado bajo el coche y el visible estropicio de correas, piezas y manguitos junto al motor no invitaban a ser muy optimista. Quedaba un mes para cobrar la paga extra y yo me la acababa de gastar. Y ahora empezaba la otra pesadilla, la logística. El percance nos había sobrevenido a menos de veinte kilómetros de alcanzar nuestro destino, el Hayedo de Jordá, y a doscientos diecinueve kilómetros de casita, donde pretendíamos estar de vuelta esa misma noche.
Después de la consiguiente llamada al seguro lo primero fue una gran tournée en grúa por todos los talleres de Olot buscando a alguien que se hiciese cargo del Tucson. Cinco veces nos bajamos de la grúa y cinco veces nos volvimos a subir con las mismas. Agustín, que así se llamaba nuestro gruista, hombre verborreico y amante de la copla, resumía nuestra avería ante cada nuevo mecánico con un “solo es un manguito” que no se creía ni él, ni nosotros, ni por los visto ninguno de los mecánicos pues ni se dignaron a echarle un ojo al coche aduciendo excusas muy baratas.
Hasta que apareció Luis, nuestro héroe. Nos escuchó y en vez de darnos largas como los tipos anteriores se levantó de la mesa del despacho y se fue a abrir el capó de nuestro coche. Nos sentíamos tan desamparados que aquel simple gesto sirvió para reconfortarnos. No nos dio buenas noticias pero tampoco las esperabamos. La bomba de la dirección asistida había reventado y se había cargado un montón de cosas más, incluyendo algún manguito lleno de líquido de frenos. Al menos ya sabíamos qué era lo que casi nos mata. Ahora tocaba elegir entre quedarnos hasta el día siguiente en Olot esperando a que nos arreglaran el coche o subirlo a otra grúa y emprender el camino de vuelta a Tarragona esa misma tarde. Perezote supino ambas opciones.
Sin coche a lo mejor nos moríamos un poco de asco paseando día y medio por el centro de Olot pero la otra opción eran doscientos kilómetros en grúa con cara de gilipollas. Luis nos sacó de dudas al darnos las llaves de un pequeño Toyota para que pudiéramos perdernos por aquella tierra de bosques y volcanes. Eso era lo que habíamos venido a hacer y es lo que hicimos.
Acabábamos de ser muy conscientes de que no vamos a estar aquí por tiempo ilimitado y que el día menos pensado no llegas a la cena. Teníamos algo de prisa por vivir.
Bienvenido a la vida. Se te echaba de menos.
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Gracias! No andaba muy lejos…
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