Mi primera juerga navideña

El primer regalo de Papá Noel que recuerdo fue el corcho de una botella de cava. Supongo que fue cosa de Papá Noel porque era Nochebuena pero no me cuadra del todo porque en aquella época en Ciempozuelos apenas conocíamos a ese abuelete barbudo y ni Dios le esperaba por Navidad. Una lástima, Papá Noel vive en Finlandia y tiene un trineo y unos renos que vuelan. Nuestros Reyes Magos venían desde el quinto coño en camello. Para cuando querían llegar ya casi se había acabado la Navidad y sólo podías disfrutar de los regalos en el tiempo de descuento antes de volver al cole.

(Queridísimos Reyes Magos, vosotros ni caso a esto)

El corcho de una botella de Freixenet “Carta Nevada” puede que no os parezca un regalazo pero a finales de los años setenta del siglo pasado un renacuajo no vivía sumergido en un océano de juguetes. Si tenías un caballito balancín, una muñeca o una pelota te podías dar con un canto en los dientes de leche. Así que un corcho regordete con un capuchón metálico supuso todo un hallazgo que aquella noche primero fue un cochecito, después un avión y finalmente un proyectil. Esa es la primera juerga navideña que recuerdo, gatear por el suelo del comedor detrás de un tapón de botella. De hecho no es solo mi primer recuerdo sino el más recurrente que viene a mi cabeza relativo a la Navidad. Seguro que en alemán hay una sola palabra para describir ese tipo de recuerdo que yo he descrito con doce. Y que lo explique mejor.

De esas navidades o de las siguientes tengo una foto, impresa en lo que ahora parece un papiro, donde se me ve el Día de Reyes subido en un caballito balancín que me habían traído sus Majestades de Oriente con toda su parsimonia. Que me den por culo si recuerdo haber tenido alguna vez un balancín. Solo sé que lo tuve por la foto. Como dudo que mi familia esté intentando falsear mi niñez con montajes fotográficos lo más coherente es pensar que me subí a lomos de aquel caballito cientos de veces y que por lo tanto no me acuerdo de una puta mierda de aquellos años. Por eso me sorprende acordarme de los corchos. En plural, porque al año siguiente continué la tradición. No sé cuántas sobremesas de cenas navideñas me pasé tirado en el suelo del comedor viviendo aventuras con unos trozos de alcornoque mientras Eugenio contaba chistes en la tele. Supongo que llegó un momento en que me sedujo más la idea de estar con los mayores en la mesa viendo a Raúl Sender que arrastrarme por las baldosas detrás de un corcho. Esa fue quizá la primera decisión equivocada de mi vida, en dura competencia con mi genial idea de bajar la escalera de casa sin supervisión. Dieciocho escalones. La bajé, pero mal. Me queda como recuerdo una minúscula cicatriz en la frente y justo en el mismo sitio pero bajo la piel tengo una muesca en el hueso frontal del cráneo. La descubrí hace pocos años al hacerme unas radiografías. El día de aquel descenso a tumba abierta yo era tan poca cosa que estaba a medio hacer y mis huesos aún eran maleables. Supongo que por eso no me abrí la cabeza y todo quedó en un susto parental morrocotudo, pero el leñazo quedó marcado en mi hueso como una pisada sobre cemento húmedo.

Me vais a perdonar pero acabo de mirar la hora y no me queda más remedio que espabilaros con algo de prisa. Os juro que yo venía a hablaros de la Navidad y no de mis cicatrices pero no planificarse las cosas es lo que tiene, me han dado las dos y media de la mañana contando batallitas cuando lo que quería transmitiros era un mensaje de paz y amor que os  cambiase la vida para siempre. Lo dejaré para el año que viene porque mañana es Navidad y yo trabajo como Felipón. Así que el único mensaje que os dejo, para los que aún estéis a tiempo, es que estudiéis más y mejor, quizá así podáis pasar la Navidad en casita con la familia y no en el curro planteándote tu vida con legañas y dolor de tarro.

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2 comentarios en “Mi primera juerga navideña

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