Me ponen las curvas

La vida moderna es parar el coche a las seis de la tarde en una gasolinera de Sort, sacar el móvil para buscar en booking alojamientos cercanos, reservar online una habitación en un hostal para esa misma noche y presentarte en dicho hostal cinco minutos después diciendo “Hola, tengo una reserva”.

Me había pillado un poco el toro con el tema del alojamiento porque salí de La Pineda a las nueve de la mañana sin tener decidido el destino. Iba a los Pirineos pero aún dudaba entre Aigüestortes o Andorra. Durante el trayecto me decidí por Aigüestortes porque en Andorra ya he estado y porque el nombre de Aigüestortes me hace muchísima gracia. Yo escucho Aigüestortes y me río solo. Ahora me estoy riendo al escribirlo.

Una vez clarificado mi destino tampoco era cosa de apresurarse a buscar donde pasar la noche pues ahora siempre cuento con el comodín de poder aparcar en algún rincón y dormir en el maletero del coche. Por eso había echado en el maletero el saco, un par de mantas y la colchoneta. Esto que acabo de decir es mentira podrida, no tuve que echar nada en el maletero porque hace meses que llevo en el coche el saco, un par de mantas y la colchoneta. Porsiaca.

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Mi idea de hacer el gitano empezó a desvanecerse cuando a mediodía comprobé que ya hacía bastante pelete en las zonas sombrías del valle. Era fácil adivinar que a las dos de la mañana se iba a cagar la perra. No dudo que dentro del coche y bien arropijao pudiese dormitar en condiciones dignas pero un buen gitano sabe cuándo sí que merece la pena gastarse los cuartos. Joder, que hoy cobrabamos. Tenía que pillar una habitación ya. Quien dice ya dice cinco horas más tarde cuando empezó a oscurecer y le vi las orejas al lobo.

Con tan cuidada planificación podía haber acabado durmiendo en el hotel de Psicosis pero sonó la flauta y acerté de pleno. Cuando llegué al hostal descubrí que lo tenía entero para mi solito. No había nadie más. Solo la dueña, la señora Elia, tan atenta y maja como discreta, apenas la he visto durante mi estancia. El hostal, Can Congost, es el típico chalet de montaña con paredes de piedra vista y jardincillo y patio trasero. Tiene cinco o seis habitaciones para huéspedes, un comedor, un saloncito con una tele gigante y tachán tachán, la puta joya de la corona de esa casa, una buhardilla inmensa y diáfana con grandes ventanales y vistas a la montaña. La buhardilla parece pensada como sala de esparcimiento y recreo. Hay libros, juegos, juguetes, artilugios de difícil catalogación, sofás, mesitas, puffs y hasta un par de bicis estáticas y un aparato para hacer abdominales. En cuanto Elia me enseñó la buhardilla supe que me iba a pasar allí el resto del día y que abdominales no iba a hacer ni uno.

Me gustan las buhardillas y me gustan los puffs. Los buenos, grandes y con forma de pera. Como los dos que había allí mismo a mi disposición Estar tirado en un puff bebiendo vino y escuchando musiquita bajo el ventanal de una buhardilla ya me da bastante gustirrinín de por sí pero si al otro lado del cristal se ven los Pirineos y más tarde un montón de estrellas en el cielo el resultado es que me he bajado a dormir a mi habitación a las cinco y media de la mañana dando traspiés por la escalera. Menudo campista estoy hecho. Y si me he decidido a dar uso a mi cuarto en vez de quedarme frito allí arriba ha sido pensando mayormente en la dueña. No quería que se diese un susto si me encontraba allí rebuznando por la mañana y tampoco quería que pensase que soy gilipollas por pagar una habitacion doble y dormir en el suelo de la buhardilla.

Dos horas y media después de meterme en la cama ya estaba sentado en el comedor delante del desayuno que Elia me acababa de preparar. Traspasando los huevos revueltos con la mirada de las mil leguas he maldecido mil veces en silencio el momento de la noche anterior en el que le había dicho a la señora muy ufano que las ocho me parecía una hora estupenda para desayunar. Me lo he comido todo a duras penas por no hacerle un feo a la cocinera y después de darme una ducha y despedirme me he largado de Sort sin ni siquiera hacer el intento de comprar lotería.

Estaba en las mismas de ayer, no tenía muy claro dónde dirigirme. He tirado para Andorra porque era una manera de rentabilizar el viaje abasteciéndome de vicios pero realmente en esta zona da igual donde vayas, cualquier carretera te lleva por sitios preciosos. El destino es lo de menos. Y aquí quería yo llegar para compartir un pensamiento madurado entre ayer y hoy por estas carreteras. Dicho pensamiento no trata sobre el mundo sino sobre mí ¿qué os pensabais? A ver cómo lo digo sin parecer tontico. Creo que disfruto más yendo a la montaña que estando en la montaña. Hala, ya lo he dicho ¿Suena estupido? Puede ser, pero sabíais a lo que veníais. No es el simple hecho de conducir, no todo me vale y hacerlo entre secarrales o polígonos ahogando bostezos me aplatana como al que más. Pero una interminable carreterita de montaña serpenteando entre bosques con el Slave to the Wage de Placebo a todo trapo en la radio es mi última y mejor terapia para bajarme un rato del mundo. El lugar de destino se convierte en una excusa, en un medio para alcanzar un fin. Que no es otro que conducir hasta allí. Si os perdéis me lo decís.

Cuando por fin llego a esos parajes tan evocadores que creía que quería conocer y de los que todo el mundo habla maravillas no pasa mucho rato antes de que me entre un poco de ansia por acabar la visita y poder irme a otro lado. ¿No debería ser al revés? Ansias por llegar y una vez allí ganas de quedarse. Pues no. Ahora entiendo a los críos que se divierten más con la caja en la que venía el juguete que con el juguete. Sin ninguna duda en estos dos días que he estado por ahí buscando un poco de paz los mejores momentos los he tenido conduciendo. Claro que apenas he hecho otra cosa. He estado fuera desde las nueve de la mañana del martes hasta las ocho de la tarde del miércoles. 35 horas. 786 kilómetros recorridos. Parece que el propósito del viaje no era descubrir Aigüestortes (risas) ni comprar tabaco en Andorra sino simplemente conducir hasta allí escuchando a Placebo y bebiendo café frío. Me he pasado más tiempo con una mano en el volante y otra apoyada en la palanca del cambio que haciendo cualquier otra cosa. Ahí he encontrado la paz que buscaba. Soy la vergüenza de los amantes de la naturaleza.

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4 comentarios en “Me ponen las curvas

  1. Tal vez seas la vergüenza de los amantes de la naturaleza, pero para mí (y tal vez para BMW, aun con la colchoneta) eres un buen exponente de que aquellos que con una carretera y buena música podemos hacernos planazo.

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