Los galos

Justo cuando estaba montando el campamento en la playa un matrimonio de jubilados maños ha llegado a mi altura y con mucha parsimonia los dos han empezado a desplegar sus trastos a mi lado. El marido, después de mirar mis enseres con cara de estar calculando la distancia necesaria para no estorbarnos mutuamente, me ha hecho una preguntita peliaguda:

  • Perdona ¿tú tienes críos pequeños?

Gracias a Dios no tengo tensiones instinto-maternales no resueltas porque si no la pregunta podría haber hecho pupa. El pobre hombre sólo quería saber cuánto espacio necesitaba para que mis supuestos vástagos no le diesen mucho por culo y no ha encontrado mejor forma de preguntarlo. Como yo estaba de buen humor he decidido ver su jugada y subir la apuesta pero acompañando mi respuesta con media sonrisa para no asustar a la parejita:

  • Yo no tengo a nadie.

El maño primero se ha quedado un par de segundos callado, ahora con cara de estar calculando palabras, pero al verme sonreír se ha relajado y sonriéndo también ha soltado uno de mis mantras disfrazándolo de frase hecha:

  • Pues mejor, así no discutes con nadie.

No hay mejor manera de resumir el asunto, el tipo sabe algo de la vida y como muestra de ello tras esas palabras ha mirado de reojo a su mujer para ver si ella también lo había escuchado. La mujer ha seguido a lo suyo sin inmutarse, si se ha dado por aludida ya se enterará el maño más pronto que tarde.

  • Amén! – he respondido – Ha dado usted en el clavo caballero.

El tipo ha sonreído con redoblado entusiasmo, sin duda contento por haber sacado un poco la pata que había metido nada más llegar. Después de este breve sainete mi intención era sentarme al sol y ponerme a los Arcade Fire en los cascos pero el maño hablador, valga la redundancia, había olido sangre y no tenía intención de soltar tan pronto a su presa. Durante media horita hemos charlado un poco de todo, empezando por lo agonías que son los veraneantes que madrugan para plantar la sombrilla en primera línea y luego volverse a casa a desayunar y terminando con lo mal que está todo y el negro futuro que nos espera a la vuelta de la esquina. Llegados a este punto su mujer ha puesto fin a la conversación llevándose al marido a pasear por la orilla tras pedirme por favor que les vigilase sus pertenencias.

A los veinte segundos de ver partir a la parejita ya sonaba Wake Up en mis cascos y bien repantigado me he dejado llevar por esa guitarra bélica y esos coros angelicales intentando eso sí no empanarme demasiado no les fuesen a guindar el bolso a los maños para mi deshonra. Justo cuando sonaba Rebellion he empezado a escuchar voces nasales por encima de la música y sin ni siquiera girarme he sabido que los galos acababan de asentarse a mis espaldas. Los galos son una nutrida familia de franceses que lleva días playeando en las inmediaciones y que lían una escandalera guapa cada vez que aparecen. El patriarca del clan es el responsable de que para mí no sean franceses sino galos. El tipo es casi más ancho que alto, lleva un teatral mostacho rubio y el pelo largo y enredado. Con los adecuados ropajes me lo imagino perfectamente en esa aldea que resiste ahora y siempre al invasor. Pero en vez de ropa de galo el hombre lleva unas bermudas que se las ven y se las desean para contener dentro tantos kilos de carne dando como resultado que se le caigan  por detrás dejando al descubierto lo que no es una hucha sino la puta Reserva Federal. Desconozco todavía el nombre del tipo pero como homenaje a Goscinny y Uderzo y ateniéndome a las costumbres del galo yo lo he bautizado como Cavahondix. Sí, porque Cavahondix llega a la playa cada día pertrechado con una pala. No una pala de playa de las que llevan mis sobrinas, no, la pala de Cavahondix es una pala de obra, de las que usan los currelas para llenar la hormigonera de arena. Jaleado por sus vástagos Cavahondix se pasa el rato cavando sin parar en la arena, haciendo un gran hoyo de varios metros de diámetro y más de un metro de profundidad y dejando en el centro una especie de promontorio con forma de sarcofago que con tanta reminiscencia gala es imposible no asociar a un menhir tumbado. Como mis visitas a la playa suelen ser breves siempre me largo antes de que la obra esté finalizada y a día de hoy sigo sin saber para qué cojones hace ese agujero tan raro Cavahondix. Al día siguiente el hoyo está tapado y si no fuese por la diferencia de color entre la arena seca y la húmeda sería imposible saber que allí había horadado la tierra un galo el día anterior. Aunque mi alma de portera se reconcome por no saber la finalidad de tal hoyo y a punto he estado de llegar tarde al curro algún día por quedarme un rato más a ver el desenlace de la historia creo que la explicación es muy simple y nada misteriosa. Como ya he dicho Cavahondix da palazos rodeado por su prole, media docena de muchachos que animan a su padre y lo ayudan sacando arena con las manos. Yo creo que Cavahondix suda la gota gorda cada día doblando el lomo al sol con la única finalidad de ver las caras de entusiasmo de sus cachorros cuando contemplan como su padre hace el agujero más grande de toda la playa. Luego el hoyo lo utilizarán para jugar a no sé qué demonios pero eso es lo de menos. Lo importante aquí es un padre rodeado de sus hijos y dándolo todo para ver sus caritas de regocijo. En esta vida pocos esfuerzos merecen tanto la pena como los que hacemos para sacarle una sonrisa a los demás.

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