El guardián del castillo

El tipo que más envidia me da del mundo es un señor mayor que hace castillos de arena en la playa de mi pueblo. Esto no es del todo exacto pues el tipo no “hace” castillos sino que hizo uno enorme hará cosa de un año y medio junto al paseo marítimo de La Pineda y desde entonces se dedica solo a labores de mantenimiento y reformas. Lleva año y medio cuidando del castillo. Cada día.

Sí, cada puñetero día, no solo en verano. Fuera de temporada este señor también se afana a diario en mantener su obra en perfectas condiciones para el disfrute de los pocos paseantes que deambulamos por aquí en esas fechas. Yo estoy muy paseante últimamente. Ahora me ha dado esa vena. La semana pasada me dio por madrugar y la anterior por los batidos de plátano. Así que hasta nueva orden de mi cerebro cada día me doy un paseo de una horita por la mañana y otro por la noche. Andando todo lo rápido que puedo sin parecer un trastornado. He tardado cuarenta años en aceptar que prefiero andar dos horas a correr media.

Aunque me empeñe en hablar de mí mismo el auténtico protagonista de esta historia es el guardián del castillo. Cada día que paso por allí pienso en hablar con él y cada día lo dejo para otro momento así que no sé ni cómo se llama. Físicamente se da un aire a Benny Hill, siempre va descalzo y su perenne indumentaria consiste en unos pantalones viejos arremangados hasta las pantorrillas, una camiseta blanca raída y una gorra. Aparte de su castillo de arena el único patrimonio que se le conoce al hombre es un Renault Clio blanco del siglo pasado que siempre está aparcado cerca. Como cada vez que he pasado por allí, fuese la hora que fuese, he visto al tipo o bien ocupado en el castillo o bien descansando a la sombra o bien dormitando en el coche tengo la sospecha de que quizá el Clio haga las veces de hogar. No puedo confirmar esto porque tampoco me he puesto a seguirle pero si este hombre tiene una casa os aseguro que apenas aparece por allí.

Todavía no os he hablado del castillo. Más que un castillo de playa al uso, con su planta rectangular y sus torres cilíndricas en las esquinas, el castillo de arena de este hombre se da un aire lejano a un monasterio de esos que aparecen en los reportajes sobre el Himalaya. El tipo primero levantó una cordillera y sobre ella edificó lo demás. A lo largo de la cumbre de la cordillera se extienden las edificaciones más complejas y pomposas y por debajo de ellas toda la ladera oeste está plagada de decenas de construcciones más humildes que le dan al conjunto un aspecto a medio camino entre una ciudadela de cuento y un belén. Creo que debería haber empezado por detallaros las medidas de la obra para que os hicieseis una mejor idea de lo que tiene el tío allí montado. Su obra tiene unos seis metros de largo por dos de ancho y en su cimborrio más elevado debe alcanzar una altura de unos dos metros. Flipa.

Al igual que no sé si el guardián del castillo vive en su Clio tampoco sé si la ciudadela de arena es su única fuente de ingresos. Quiero pensar que no porque ahora fuera de temporada pocas perras le caen. Hay que reconocer que el tipo tiene ojo para el marketing pues en vez de poner un trapo, gorro o caja para recaudar las monedas que le tira la gente él ha colocado frente al castillo una minúscula piscinita hinchable llena de agua. El acto de tirar una moneda al agua está lleno de simbolismo y de manera consciente o inconsciente es inevitable que la mente te lleve hacia pozos de los deseos y fuentes mágicas. No es la piscina hinchable la única muestra de que el tipo sabe lo que se hace. La situación estratégica de su cordillera de arena, pegadita al paseo marítimo, cerca de dos pasos de cebra y justo frente a la calle que lleva a los hoteles de los rusos, le asegura en temporada alta un trasiego de público continuo. La temporada alta no solo le trae más ingresos sino también más faena de restauración del castillo porque en un enclave turístico situado a tiro de piedra de Pachá es fácil adivinar la clase de mamelucos impregnados en Brugal que merodean por la playa a deshoras.

Lo que más me cautiva del castillo es que se ve a la legua que no es nada profesional. Todos hemos visto alguna vez en la tele o en la playa esas construcciones de arena que parecen fallas, con sus líneas perfectas, sus formas imposibles y sus mil y un detallitos, realizadas por auténticos maestros de la arena mojada que recorren el mundo plantando sus efímeras obras para deleite de los turistas. El castillo del que estamos hablando hoy no es de esos. Es muy grande, eso sí, pero con un solo vistazo queda claro que su constructor no lleva toda la vida haciendo castillos de arena sino que probablemente se vio obligado hace pocos años a ponerse manos a la obra a falta de otro clavo al que agarrarse. Ni líneas perfectas ni formas imposibles. Su creador no busca la excelencia, no lo construyó para mostrarle al mundo su pericia y maestría sino para tener un modo de vida.

El hombre se pasa el día entero en la playa trabajando con sus propias manos y con una sola y simple idea en la cabeza, que su castillo luzca lo más bonito posible. Por eso es el tipo que más envidia me da del mundo.

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