Tailandia 18 19 20

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Día 18. Los Goonies.

Si hubiesemos tenido más presupuesto nos habríamos perdido lo de ayer. Con más pasta ayer hubiesemos pillado alguna otra excursión turística por las islas del mar de Andamán pero como tenemos que viajar con un ojo siempre en el bolsillo nos damos con un canto en los dientes por haber podido ir por lo menos a Phi Phi (¿he dicho ya que fuimos a las islas Phi Phi?). Así que ayer tuvimos que rebajar nuestras expectativas y “conformarnos” con visitar alguna de las bonitas playas que rodean Ao Nang. A esas playas solo se puede ir en longtail (barca de pescador con un motor chusquero), o nadando, y nosotros elegimos ir a la que pillaba más cerca, Tonsai Beach (gracias Jordi Llopart por la recomendación!), básicamente porque era el trayecto más barato. Me llevaría un rato explicar lo flipante que es esta playa pero lo podéis comprobar vosotros mismos por la foto que acompaña a este montón de letras. Montamos el campamento bajo una sombra cuqui y rodeados de escaladores y hippies dejamos pasar el rato. Habíamos leído en algún blog que al bajar la marea se podía acceder a la siguiente playa, Railay Beach West, a la que costaba el doble ir en barca, bordeando el peñasco rocoso que la separaba de ésta, aunque hemos leído tantas cosas que uno nunca sabe qué creerse. Pero bajó la marea y vimos a unos pocos turistas dirigirse hacia esas rocas muy predispuestos por lo que cogimos el petate y salimos arreando detrás de ellos. Y como una especie de caravana de espaldas mojadas, con las mochilas en alto, esquivando los cangrejos que como nosotros aprovechaban la marea baja para darse un rulo, a ratos con el agua por la cintura y a ratos saltando entre rocas, conseguimos llegar a la otra playa. Y gratis! En nuestras caras podía verse esa sonrisa tan característica del español que consigue algo por la jeta. Railay Beach West era la polla también pero como en google maps habíamos visto que desde esta playa se podía llegar hasta otra, Railay Beach East a través de un sendero selvático y estábamos en racha para allá que nos fuimos. El sendero resultó estar plagado de tenderetes de comida y baretos hippies desde donde nos llegaba el olor de una hierba muy consumida en España pero por la que en estas tierras no hemos mostrado ningún interés, más que nada porque aquí la policia no se anda con tonterías con ese tema y yo paso de tirarme diez años en una carcel tailandesa siendo la putita de otro preso.

No quiero aburriros más con todo nuestro recorrido pero que sepáis que al final vimos cuatro playas por el precio de una. En la última de éstas, Phra Nang Cave Beach, encontramos una cueva con un pequeño “altar” y cientos de cipotes tallados en madera. Siguiendo una leyenda las jovenes parejas tailandesas vienen aquí con sus ofrendas en busca de la fertilidad deseada.

Pero no era de la cueva de los rabos de la que quería hablaros. De hecho todo lo que acabáis de leer solo era la introducción de lo que pretendía contaros. En un extremo de esta última playa había otra especie de gruta dentro de la cual solo se veían bloques de roca gigantescos y turistas rusas posando para la foto con esas poses sencillas y naturales que las caracteriza. Nosotros pasábamos de posar así que nos subimos a una roca de la cueva, y luego a otra, y a otra, y vimos que al fondo se veía luz. Nos miramos y tuvimos claro que queríamos llegar al otro lado. Suena peliculero pero es que fue así. El trayecto parecía corto pero fue jodido. Había que subir y bajar por rocas resbaladizas como su puta madre, saltar o pasar por debajo de algún tronco que vete tú a saber cómo había llegado hasta ahí y meter nuestros cuerpecillos por alguna hendidura por la que no entraria Manolo el del Bombo. Pero mereció la pena. El otro día estuvimos en la playa donde Di Caprio rodó su famosa película, pero ayer la protagonizamos. Al otro lado de la gruta nos encontramos una cala diminuta, apenas metro y medio de arena, escondida entre paredes rocosas de decenas de metros de altura y rodeada por otro montón de bloques de piedra que sobresalían del agua. Y aparte de nosotros y otros dos o tres turistas exploradores no había nadie más. Nos metimos en el agua pero tenías que andar con ojo, y con chanclas, porque el suelo era rocoso y te jugabas dejarte un dedo allí. Apenas había avanzado unos metros de manera torpe sobre ese fondo marino cabrón cuando vi que siguiendo la pared rocosa hacia la izquierda las aguas cambiaban de color. Verde esmeralda. Más profundidad. Y sobre esas aguas la pared de roca había formado una cavidad de la que colgaban estalactitas. Mare de Deu. No sé qué me dió pero tenía que llegar hasta allí. Aceleré el paso llevándome más de un raspón en los pies y cuando llegué al punto donde las aguas cambiaban de color me puse las chanclas en las manos y sintiéndome uno de los Goonies me lancé al agua. Me olvidé del tiburón blanco, de las medusas y de todo lo que no fuesen esas aguas y yo. Bueno, de Darry no me olvidé más que nada porque podía escucharla gritándome “ten cuidado que ahí hay más profundidad!!!”. Se nota que es madre. Si intentase describiros como me sentí en esos momentos esto me iba a quedar muy paulocoelhiano y no quiero someteros a semejante castigo. Pero nadar en esas aguas y hacer el muerto con la montaña sobre mi cabeza y sintiendo sobre mi cara la lluvia de gotas que caían de las estalactitas ha sido uno de los mejores momentos no ya de este viaje sino de mi vida.

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Día 19. Lluvia.

Si el escorpión negro y tan grande como un gambón que hemos visto esta mañana aplastado en la carretera me lo llego a encontrar vivito y coleando pego tal grito que viene mi madre a buscarme desde Ciempozuelos. Por culpa de ese escorpión y de dos serpientes de buen tamaño también aplastadas que vimos ayer, y agravado por el hecho de ir en chanclas, ahora voy siempre mirando bien donde piso preparado para dar un salto y subirme a un árbol. Es lo que tiene tener tu hotelillo en medio de la selva.

Ayer llegamos a Ko Samui, la isla más grande del Golfo de Tailandia. Y como nos está pasando siempre, cada sitio nuevo que conocemos nos parece el mejor en el que hemos estado. Esto se debe sin duda a que todo es nuevo para nosotros porque realmente si tuviese que quedarme a vivir en alguno de los sitios que hemos visitado, no sabría por cúal decidirme. Descartaría si acaso Bangkok no porque no nos gustase, que nos gustó mucho, sino porque a mí, como a mucha gente, la montaña o la playa me atraen más que las ciudades bulliciosas. Y “bulliciosa” es una palabra que se le queda muy corta a Bangkok. Aparte del hecho de que teniendo tan cerca Khao San Road mi salud y mi bolsillo no iban a salir bien parados.

En Ko Samui si que me veo viviendo. Y más en la zona en la que estamos, Taling Ngam Beach, al ladito de la playa y suficientemente lejos del pueblo más cercano como para sentirte en plena selva pero rodeada de tenderetes de comida y una tienda donde comprar Chang y tabaco. He dicho “tienda” porque es la palabra que más se ajusta a lo que vendría a ser ese local. En realidad es una especie de choza o cobertizo desvencijado y oscuro donde se amontonan sin ningún orden los productos. Para encontrar lo que buscas tienes que mirar en todos los estantes pues las pilas están al lado de los zumos, las patatas fritas junto al aceite para coches y el pan de molde aún no lo hemos encontrado. Todo ello cubierto por una capa de polvo cuyo grosor depende de la demanda del artículo que haya debajo. Si nadie ha comprado latas de sardinas en tres años pues la capa de polvo que las cubre tiene tres años de antigüedad. Eso sí, unos precios muy competitivos, el paquete de Winston a 1,82 euretes. Ayer se nos ocurrió preguntarle al abuelete que regenta el negocio si tenía papel de liar (porque también fumamos tabaco de liar, no seáis malpensados, ya os dije ayer que prefiero evitar acabar en la cárcel con la boca llena) y el tipo se puso a rebuscar y nos sacó unos librillos de papel de la época de la guerra de Cuba consistentes en un fajito de papelillos envueltos en otro papel rojo más grueso con un gallo estampado. La buena noticia es que no tienen pega por lo que en teoría menos mierda le metes al cuerpo al fumar. La mala noticia es que son tan gruesos como el papel con el que envuelven los filetes en la carnicería. Y para que os terminéis de hacer una idea del aspecto que tiene este “supermercado” que tenemos cerca de casa, a mí me recuerda a esas pequeñas y polvorientas tiendas que aparecen en las películas de la guerra del Vietnam en las que puedes comprar desde balas hasta gallinas.

Solo nos faltaba una tormenta eléctrica y hemos tenido una de las gordas como despertador esta mañana. Hemos saltado de la cama para salir a la terraza a ver llover. Porque no eran solo lluvia, rayos y truenos. Eran lluvia, rayos y truenos en la selva.

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Día 20. Tengo una motocicleta.

Allá donde uno vaya, por muy recóndito que sea el paraje, siempre hay alguien que al enterarse de que eres español te termina sacando el tema del fútbol. Ya quisiera yo que fuésemos conocidos internacionalmente por nuestra boyante economía o por estar a la cabeza mundial en I+D, pero es lo que hay. Nuestros políticos nos venden que la Marca España goza de buena reputación internacional pero a la hora de la verdad allende de nuestras fronteras se nos sigue conociendo por el solecito, los toros, el cachondeíto y el deporte. Y eso si hablamos de “mundo occidental”, si te vas más lejos la cosa se reduce a Barça y Real Madrid, Messi y Ronaldo. El abuelete que regenta la tienducha de la que os hablé ayer también hizo mención al fútbol al enterarse de nuestra nacionalidad pero, para mi sorpresa, cuando le dije las dos palabras mágicas que todo el mundo conoce, Messi y Ronaldo, hizo un gesto de negación y me dijo algo que no entendí. “Laucolae” repetía el tipo sin que yo fuese capaz de saber qué narices quería decirme. Pero por fin, en un ejercicio de interpretación y adivinación extremas conseguí entenderle. Y lo abracé entusiasmado. Raúl González, Rául González. No soy el tipo más futbolero del mundo pero tampoco el menos futbolero y si abracé al tipo no fue por encontarme a un madridista en plena selva sino por la ilusión que me hizo que ese abuelete merengue apartado del mundanal ruido tuviese como referente futbolístico a alguien como Raúl y no al chulito de verbena que es Cristiano Ronaldo.

Ya estábamos tardando pero hoy por fin nos hemos decidido a alquilar un moto para rular por la isla. Y hemos tenido la gran suerte de que en el hotelillo ya las tuviesen todas alquiladas hoy pues son tan tan majos que una de las empleadas nos ha dejado la suya, y gratis, porque según ella estaba muy viejecita y era algo fea, cosa que bien poco nos importaba. Lo de que era viejecita lo he comprobado en la gasolinera cuando buscando el deposito me he quedado con el asiento en la mano. Cuando digo gasolinera no penséis que era una Repsol, no. La estación de servicio consistía en un tipo sentado en una silla en medio del arcén junto a una mesa repleta de botellas de whisky llenas de gasolina. Supongo que era gasolina pero lo mismo era whisky, la cosa es que fuese lo que fuese la moto tiraba después. Yo hacía por lo menos quince años que no pillaba una motillo pero aparte de alguna arrancada algo torpe la cosa ha ido como la seda. Eso si, tengo que agradecerle a un desconocido tailandés el haberme librado de hacer el ridículo o partirme algún hueso. Después de parar a tomar café y mientras yo trataba de arrancar la moto el tipo en cuestión se ha acercado para recordarme la primera regla a la hora de poner en marcha una moto. Mientras metes gas para arrancarla asegúrate de tener bien apretada la maneta del freno si no quieres salir disparado hacia delante. Menos mal que la moto no ha arrancado a la primera y que el buen samaritano thai ha llegado a tiempo de decirme que sujetase el freno, si no hubiese acabado estampado contra el 7-Eleven de enfrente.

Por si fuera poco llevar años sin pilotar una moto, tener que hacerlo conduciendo por la izquierda, por carreteras llenas de baches y grietas, repletas de motos, coches, camionetas y algún que otro camión, a esta fiesta se ha apuntado también otro factor para hacer más entretenido el paseíto. El monzón. Técnicamente no estamos en la temporadas de lluvias pero os puedo asegurar que nos ha caído la del pulpo. Nos hemos puesto como una sopa pues hemos tenido que recorrer muchos kilómetros de vuelta a casa bajo el diluvio universal. Esperar a que escampase era tontería pues ya vimos ayer que cuando aquí se pone a llover no hay tregua. Y mientras yo aceleraba para llegar antes a casa, agachando la cabeza sobre el manillar no para coger velocidad sino para no ahogarme, Darry iba de paquete detrás gritando “Yiiihaaaa! Viva Tailandiaaaaaa!” con una sonrisa de oreja a oreja. Viva Tailandia y viva Darry.

La lluvia ha causado una baja. Mi móvil ha pasado a mejor vida pues se me ha mojado enterito por fuera y por dentro al llevarlo en el bolsillo equivocado y tener la pantalla partida desde hace meses. Metido en arroz lo tengo por si suena la flauta. Todo lo que he ido escribiendo estos días lo he hecho con el móvil así que probablemente estas milongas se resientan. Escribir en mi cutre portátil como estoy haciendo ahora es más cómodo pero hacerlo en el móvil es más práctico pues podía aprovechar cualquier ratillo muerto para sacarlo y juntar una pocas letras. Ya veremos.

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