Tailandia 9 10 11 12

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Día 9. I can’t believe it.

Yo intento cada año hacer algo molón para mi cumple, y quien dice “algo molón” dice pegarme un festival, a poder ser lejos de casa y no en el bar de la esquina, pero el cumpleaños que se pegó ayer Darry supera de lejos cualquiera de los míos hasta la fecha. Ya de primeras empezar tu cumpleaños aterrizando en Bangkok suena de puta madre pero si además lo aderezas con una exótica comilona, buena compañía (está mal que esto lo diga yo pero es que Darry no para de repetirlo) y una juerga morrocotuda en el sitio más marchoso que he visto en mi puta vida, está claro que vas a recordar ese cumpleaños el resto de tu vida. Darry lo dió todo anoche, al igual que el resto, y os juro que no me hubiese extrañado verla despegar del suelo en cualquier momento y ponerse en órbita. Se lo pasó tan bien y se pilló tal melopea que esta mañana cuando ha revisado los vídeos que grabó anoche ha visto claro cristalino que lo mejor que podía hacer con ellos era borrarlos para siempre para que nadié más los vea.

Había oído hablar mucho de Khao San Road y visto lo visto nadie me había exagerado al respecto. Si te queda algo de sangre en las venas es imposible no volverte un poco loco allí. Gente de cualquier nacionalidad, comida y bebida a granel, musicote techno a cada paso y grupitos cojonudos tocando versiones en directo cada tres bares, gas de la risa, ping pong shows, tipos que se pasean ofreciéndote escorpiones y tarántulas como tentempie, otros tipos que te ofrecen directamente follar, más tipos que te ofrecen cosas que no sabes ni lo que son pero sabes que son también pecaminosas, masajes de todo tipo, antros en los que le daría yuyu entrar hasta a Bud Spencer, jolgorio inhumano generalizado y pibones. Muchos pibones. Unas divirtiéndose y otras trabajando. Si yo no tengo ya bastante con las orientales, que me van a provocar estrabismo y tortícolis crónica, encima en Khao San Road hay cientos de occidentales también. A mí el rollito hippie con rastas me pone bastante y de esas aquí hay para dar y tomar. Se me llena la boca diciendo que no quiero tener novia nunca mais pero si alguna oriental o hippie de las que vi anoche me dice ven, lo dejo todo.

Como he dicho en Khao San Road te ofrecen de todo. El primer oriental que se me acercó con una lista de precios de servicios sexuales al escuchar mi negativa me agarró de un pezón y me tiró de él. Bonita forma de calentarme. Eso podía haber sido lo más raro que me pasó anoche pero poco después otro tipo se acercó con una lista semejante y cuando le dió la vuelta lo que vi me dejo perplejo. Nos ofrecían a Miguelín y a mí una mamada. “Vaya novedad” pensaréis, pero dejadme acabar. La mamada te la hacía un mono!!!! “Monkey blowjob” ponía en el cartel. No me tengo por ser muy pazguato en temas sexuales pero reconozco que tardé unos segundos en asimilar lo que acababa de ver. Encima en el cartel venía la foto del mono, como si eso importase. “Ah mira, pues sí, quiero que me la chupe un mandril, pero ¿no tendrá usted uno más guapo?” Cuando le pedí al oriental que les enseñase el cartel a Darry y Winnie el tipo se negó por lo que deduje que contra toda lógica no tienen en plantilla ningún mono que coma higos. Yo no podía dejar de pensar en quién deja que un macaco se le amorre al pilón. Aparte de lo poco apetecible que me parece la idea existe la posibilidad de que el bicho te dé un bocao en el ciruelo y huya con él entre los dientes. Miguelín dedujo sensátamente que esos monos no tendrán dientes para evitar este tipo de incidentes. Aún hoy no dejo de pensar que si ofrecen este servicio es porque hay demanda. La humanidad está condenada.

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Día 10. Carne.

Con diez millones de habitantes y una superficie de 1.500 kilómetros cuadrados decir que Bangkok es un puto caos es quedarse muy corto. No sabes ni como llegas al final del día sin que te hayan atropellado veinte veces o te hayas perdido entre la multitud. En nuestra rutina diaria, que viene a ser patear y patear tratando en lo posible de salirnos de las zonas más turísticas, el otro día acabamos en un mercadillo callejero perdido más allá de donde Buda extravió las chancletas. No era un mercadillo de souvenirs sino de comida fresca (todo lo fresco que puede estar un cerdo descuartizado que lleva ahí quien sabe cuantas horas o días) y cacharros varios de uso cotidiano. Aparte de dos de Ciempozuelos y una tarragonina allí no había nadie sin los ojos rasgados. Después de dar muchas vueltas viendo como Miguelín disfrutaba con la cámara (para el tipo de fotografía que él hace, que es la que me gusta a mí también, cuanto más lejos estés de las grandes avenidas y la “civilización” mucho mejor) decidimos volver al hotel pero estábamos tan lejos del “centro” que cuando se nos ocurrió pillar un tuk-tuk los tipos nos venían a decir, muy amablemente y con una sonrisa, que una polla, que tan lejos no iban porque que se les quemaba el motor. Y para que estos tíos tramposos pierdan un viaje muy mal lo tenían que ver. No nos quedó más remedio que pillar un taxi y volver cómodamente sentaditos rodeados de miles de vehículos pasando a toda ostia a escasos centímetros de nuestro buga.

Odio tirar de tópicos pero no puedo describir de otra manera esta ciudad sino diciendo que es puro contraste llevado a su máxima expresión. Hay zonas caóticas y arrabaleras en las que uno, engañado de nuevo por los prejuicios, piensa que como se pierda y se quede solo lo mismo acaba sin riñones por meterse en el callejón equivocado, pero también hemos paseado por barrios llenos de rascacielos y que nada tienen que envidiar a las metrópolis más opulentas del planeta. Ayer tuvimos que coger el metro de Bangkok y os puedo decir que ya quisieran tener Madrid o Barcelona un metro tan moderno, limpio y bien organizado. Cualquiera que esté acostumbrado a coger el metro en España sabe que cuando el tren llega a una estación se desata una lucha encarnizada entre los que quieren entrar y los que tratan de salir. Pues aquí los thais esperan ordenádamente en una fila perfecta en el andén hasta que ha salido todo el mundo. Nos creemos el ombligo del mundo y a lo mejor estamos más cerca del culo de lo que pensamos.

Hablando de culos, ayer acabamos en Soi Cowboy y Nana. Esos nombres no os dirán nada así de primeras pero para resumir nos vale con que sepáis que son barrios donde se trafica con carne. Carne con tacones y minifalda. Seguro que lo habéis visto en la tele. Sitios donde se expone el género en la puerta del local para que el cliente elija si quiere muslo o pechuga, carne o pescao. Y el género te llama a voces, te guiña el ojo y te pone ojitos de querer. Allí había dos tipos de gente. Mujeres orientales y hombres occidentales. La mayoría de estos últimos eran machos de pelo plateado con pinta de llevar treinta años sin meterla en su Wisconsin o Bremen natal pero que seguramente hayan fornicado más en los últimos veinte días que todos los que estáis leyendo esto y un servidor en el último año.

Yo soy más de carne que de pescao, de hecho solo soy de carne y no he probado el pescao, pero viendo a algunas ladyboys se te cruzan los cables. Solo sabes que es ladyboy y no lady a secas si te habla y notas un tono de voz que no se corresponde con los encantos que tienes delante. Antes de venirme para acá escuché mil veces eso de “ten cuidado allí no te encuentres una sorpresa” pero hasta eso ha empezado a relativizarse en estas tierras. Sigue sin apetecerme comer pescao pero, al igual que me pasa con todo, suelo comer más con los ojos que con la boca. Y aquí con los ojos estoy empezando a comer de todo.

Por lo normalizado que está ese tema aquí, y lo compruebas veinte veces al día simplemente paseando por la calle, veo que en occidente tenemos todavía mucho, pero mucho, que aprender.

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Día 11. Chinatown.

Otro barrio que no te puedes perder en Bangkok es Chinatown. A mi de pequeño me gustaba mucho Julio Verne y paseándo por estas calles no puedo evitar acordarme de “Las tribulaciones de un chino en China”. Si quitas los vehiculos a motor, los neones y los moviles en las manos de la gente todo es exactamente igual a lo que describian aquellas paginas que leí siendo un mocoso. Ya hace unos años me sentí así la primera vez que fui a Hong Kong al pasear por algunos de sus barrios más humildes pero aquí en Chinatown es como si todo estuviera más concentrado. Incluso ves a chinos con coleta que transportan su mercancia al hombro en esa especie de balancín que consiste en un palo que lleva en cada extremo una cuerda de la que cuelga un capazo. Paseando hoy por Chinatown Darry y yo nos hemos puesto a callejear cerca de unas casas que flotan en las orillas del rio y al llegar a un apartado rincón hemos topado con un grupo de chinos alrededor de una mesa. Aunque de primeras alguno ha saludado había otro que con un gesto extraño ha levantado una mano hacia nosotros. Yo he pensado que nos apremiaba a largarnos de allí pero lo que quería el buen hombre era darme un apretón de manos. Se lo he dado y al momento me ha ofrecido un vaso de lo que parecía ser te con hielo. Lo he aceptado gustoso y al darle un trago me ha cambiado la cara. Era whisky!! Con agua y hielo pero whisky. Y yo odio el whisky. Los chinos se han partido el ojete al ver nuestras caras, Darry también había aceptado otro vaso, y nos hemos ido de allí con mal sabor de boca pero entre risas y encantados de la vida mientras los chinos nos decían adios con la efusividad que te da el alcohol un domingo por la mañanita.

Ayer también estuvimos en Chatuchak, que supuestamente es el mercadillo callejero más grande del mundo, con alrededor de 15.000 puestecillos según la wikipedia. Menudo laberinto, si no encuentras algo allí probablemente es porque no exista. Y entre tanta variedad no podía faltar un bar muy chulo donde hacían paellas. El dueño es un chef español que a mí me sonaba de un programa de “Españoles por el Mundo” y al que Miguelín conocía de un viaje anterior. El tipo hace paellas gigantes delante de la gente y lo convierte en un espectáculo. Con un Dj muy cool poniendo house pegadizo el tipo baila, grita y pone caras mientras va agregando los ingredientes frente a decenas de espectadores que graban el momento y se hacen fotos con él. Y lo mejor de todo, la paella estaba buenísima y el sitio petado de gente. Encima Miguelín me dijo que el tipo solo trabaja sábados y domingos, que es cuando abre ese mercadillo. El resto de la semana se toca la polla. Si es que se la encuentra claro, porque su barriga tenía la misma circunferencia que las paelleras.

Ayer nos tomamos la tarde de tranqui, no fuimos a ningún sitio y nos salimos a la puerta del hotel a ver pasar la vida de nuestro humilde barrio sentaditos con una Chang. Al recepcionista le hicimos la bromita de que le íbamos a dejar sin existencias en el hotel pero se nos fue la mano y la bromita se hizo realidad. Hoy en la neverita de recepción solo queda Heineken, y porque esa marca no nos gusta. Ocho horas después de sentarme en esa silla me levanté camino de la cama aunque a Miguelín le quedaba algo de sitio en el gaznate y acabamos echando la última en la terraza de su habitación, otra vez entre risas y planes futuros. Además, me enseñó de una vez por todas a abrir las birras con un mechero. Sí, hasta ayer yo era la vergüenza del gremio de bebedores de birra y no era capaz de realizar semejante maniobra. Hoy tengo tiritas en dos dedos e incluso sangré un poco pero ya soy completamente autónomo.

Tanto paseito tiene sus consecuencias y hoy he terminado comprando polvos de talco tailandeses. A ver si adivináis por qué.

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Día 12. Coreanas y alemanes.

Hoy nos quedamos un poco huerfanos. Miguelín y Winnie se vuelven a Hong Kong a seguir currando pero con intención de volver a Tailandia quizá en un par de meses. No podemos estar más agradecidos no solo por la buena compañia y las risas sino por todo lo que hemos compartido. Hemos aprendido a desenvolvernos por aquí gracias a ellos, ahora tendremos que poner en práctica sus enseñanzas y volar por nuestra cuenta. Gracias chicos, nos vemos en unos días en Hong Kong.

Anoche Darry y yo volvimos al lugar del crimen, Khao San Road. Queriamos despedirnos a lo grande de Bangkok y teníamos algunas cositas pendientes por hacer, todas las cuales harían sentirse orgullosa a mi madre si me leyese (mamá, ¿no estás ahí verdad?). Queriamos probar el gas de la risa (que no creáis que es algo que le tienes que pillar a un tío chungo en un callejón oscuro, no, aquí casi en cada bar te lo puedes pedir como el que se pide unas patatas bravas) y doy fe de que lo probamos a base de bien. Como el efecto era más suave de lo que nos esperábamos hubo que repetir y no he sido consciente de las veces que lo hicimos hasta que esta mañana me he vaciado los bolsillos y han aparecido un montón de globos de colores.

Otra de las cosas que queriamos hacer era probar los insectos. No me moría de ganas pero es como si vas a Amsterdam y no le das ni una caladita a un canuto. Nunca es buen momento para meterte un bicho en la boca y fuimos posponiéndolo, todo parecía indicar que nos íbamos a quedar sin semejante ascazo hasta que vino alguién a convencernos. Yo había aprovechado para quedar con una amiga y antigua compañera de curro, Cristina Tizne, que se ha convertido en trotamundos y bloguera de viajes. Podéis y debéis seguir sus aventuras en www.mundomahalo.com Ella fue la mala influencia que nos convenció para probar los insectos. De toda la variedad de bichos nos decidimos por los que mejor aspecto tenían, las larvas. Por la pinta se daban un aire a las almendras garrapiñadas y eran menos asquerosas de ver que las cucarachas o los grillos. En cuanto al sabor, y como nos había dicho Miguelín, sabían un poco a chetos y el asco que te daban era más mental, por estar comiendo putas larvas, que porque supiesen a rayos. Por muy mental que fuese el asco mi cara en el vídeo que grabamos comiéndolos (porque si haces esto al final es por puro postureo y necesitas tenerlo grabado, of course) es todo un poema. Gracias al vídeo sé que me comí nueve larvas. Que son las que me voy a comer en toda mi vida.

Y la tercera cosita que nos quedaba por hacer era asistir a un “ping pong show”. Ver a una tía utilizar sus músculos vaginales para disparar pelotas de ping pong a discrección. Pero cuando llegó el momento de ir para allá Darry y yo estábamos en plena ebullición fiestera y no queriamos dejar de dar botes con el musicote que había en plena calle, rodeados de una jauría humana dándolo todo. Gente de los cinco continentes debe tener hoy en sus móviles vídeos en los que aparezco dando saltos y me acerco a la cámara aullando. Por si fuera poco aparecieron cuatro coreanas fiesteras a las que les hicimos gracia y se quedaron con nosotros a aullar y dar botes. Una no paraba de darme toquecitos con su cadera en la mía y yo no paraba de clamar al cielo “madre mía madre mía!!!”. A Darry también se le arrimaron, entre otros, un par de alemanes con libidinosas intenciones. Todo esto me hace pensar que Darry y yo tenemos que clarificar nuestra relación de cara al exterior para que la gente sepa a qué atenerse. Lo mío con las coreanas seguramente sean imaginaciones mías y las chicas solo querían desfasar un rato con ese de Ciempozuelos que no paraba de dar saltos, pero los alemanes me preguntaban una y otra vez “¿es tu novia?…¿no?…¿de verdad que no tío?” Creo que en cuanto podamos nos vamos a comprar camisetas donde ponga “No somos pareja coño!”.

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