El Bajadón

No estaba de parranda, estaba muerto. Los fastos por mi cuarenta cumpleaños quizá se nos fueron un poquito de las manos y las secuelas físicas y mentales me han acompañado toda la semana en forma de losa de mármol negro sobre la cabeza y grises cavilaciones dentro de ella. Ya sabiamos que empezaría la cuarentena resacoso pero cullons, lo que sentía el lunes pasado estaba tres escalones por encima del malestar general y solo un escalón por debajo del fallo multiorgánico. Se te olvidó otra vez que con la edad el tiempo de convalecencia tras una buena melopea crece exponencialmente a pesar de que el ansia verbenera siga intacta a tus cuarenta primaveras pimpollo. Imaginad cómo de mal he estado que incluso, me sonroja confesarlo, me he descubierto a mí mismo recurriendo a lo más bajo, a pensamientos tales como “nunca más” “se acabó” “¿compensa?” Parezco nuevo no me jodas. Es muy simple. Si toda la energía que tienes para una semana te la pules en dos días en Bilbao luego te queda pasar a caraperro cinco días de olé y olé.  Aún hoy, casi siete días después de mi último trago en el norte aún no he sido capaz de llevarme un cigarro a la boca o beber otra cosa que no sea agua o Aquarius.

Imagino que os gustaría conocer los detalles más escabrosos de la odisea bilbaína pero también me gustaría a mí conocer los detalles escabrosos de vuestras vidas y me quedo con las ganas, como os vais a quedar vosotros. Dejémoslo en que nos lo pasamos de muerte (nunca mejor traída la expresión) y que entre otro par de cosas a Edu y a mí siempre nos quedará el concierto de Underworld en Bilbao. Tras verlos queríamos ser sus groupies y seguirlos de gira por el mundo. Yo aún quiero hacerlo y seguro que Edu también. Con la parte más cañera del Two Months Off veinte mil personas sonreímos y cerramos los ojos a la vez mientras bailabamos cada uno a su manera en una especie de comunión colectiva. Lo que viene a ser un concierto molón vamos. No sé como hay gente a la que no le gusta esto. En los mejores recuerdos de mi vida casi siempre hay un concierto de por medio.

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Ese otro par de cosas que también nos quedarán en la saca tras nuestras breves pero intensas tribulaciones por el norte son dos fenómenos que el azar puso en nuestro camino ya entrados en la mañana del sábado. Nacho y Miki, dos mozos bilbaínos, curiosamente ambos con ascendencia madrileña. Aún no tengo muy claro que Dios nos críe pero de que los semejantes tenemos cierta querencia a encontrarnos no me ha cabido nunca ninguna duda y con estos dos hubo una química perfecta desde el primer momento. Al rato de estar con ellos ya les estabas confesando tus dudas existenciales y escuchando las suyas. Sin duda la melopea que arrastrábamos ayudaba a tal desempeño pero he estado muchas más veces de esa misma forma con otra gente y no me he llevado tan buen recuerdo como el que me llevo de estos dos chavales. También es normal, porque estuve con ellos más tiempo del que he pasado con alguno de mis primos en toda mi vida. Estábamos tan agustito que ahí fue cuando se nos fue de las manos. Cualquier plan sensato que sonase a recogerse se quedó en nada comparado con el placer inmediato de seguir tan plácidamente horas y horas en ese bar junto a la ría disfrutando de la castaña. O como ellos lo llamaban, el morón.

Entre unas cosas y otras no se me va a olvidar mi cuarenta cumpleaños. Misión cumplida.

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