Día 11. El borde del pan Bimbo

 

Anoche en mi hostal de Frankfurt sólo faltaba la cámara de Callejeros. Y algo de diversidad étnica también faltaba la verdad. No me gusta descubrirme como un puto prejuicioso y mucho menos contároslo a vosotros pero no voy a enseñar sólo lo chachi piruli que soy entreteniendo crías alemanas ¿no? Por decirlo finamente digamos que de todos los que estábamos en aquel hostal, y estábamos muchos, yo era el único infiel. No suelo tener ningún problema con la procedencia de la gente que me cruzo ni con sus creencias pero sí con la mala educación. Y aquello era una convención de malotes de verbena disputando el campeonato mundial de hacer el mongolo. Y había algo extraño también allí aunque tardé un poco en darme cuenta de lo que era. De entre los 30 o 40 jóvenes que se veían en el vestíbulo y el bar del hostal no había ni una sola chica, ni una. Y en teoría el hostal era mixto. Raro raro. Intentando no pensar en ello llegué a la recepción y me encontré delante de mí a tres policías alemanes hablando con el recepcionista y señalando a uno de los malotes al que parecían tener retenido. Ésta era la gota que colmaba el vaso y no salí corriendo de allí cual gallina clueca porque eran las once de la noche y ponerme a callejear por el barrio de la estación de Frankfurt buscando otro hostal me parecía tan mala idea como quedarme en este.

“¿Pero dónde me he metido?”…esta frase rebotaba por mi cabeza como un mantra mientras me duchaba para ver si con el agua caliente se me iban la suciedad y los malos pensamientos. Después de esconder hasta mis pendientes en la taquilla me metí pronto en el catre (litera de abajo yiiiihaa!) pero tardé en dormirme por el jaleo que reinaba en la habitación y dentro de mi cabeza.

Esta mañana al despertar no me habían extraído ningún órgano ni me habían cambiado por una docena de camellos. Ya en el tren de nuevo y seguramente por ser tan prejuicioso el karma me ha venido a ver en forma de pareja de la policía suiza con cara de pocos amigos y parecidas sospechas hacia mí que las que anoche me rondaban la cabeza respecto a mis compañeros de hostal. Algo no les ha debido cuadrar de mí a los polis. Quizá que iba repantingado y hecho una piltrafa en un tren de alta velocidad camino de Zurich donde el resto de pasajeros parecían ir uniformados de ejecutivo serio. Corbata oscura y gabardina Burberry ellos, traje de chaqueta y pantalón con taconazo ellas y el Financial Times o un Mac abierto delante de las narices. Todos parecían dirigirse a controlar la economía mundial desde algún despacho con buenas vistas. Y yo parecía que iba a la vendimia. Además, como ayer me dormí casi a la una y esta mañana a las cuatro y media ya estaba en pie ha sido llegar al tren, dejarme caer en el asiento y ponerme a roncar con la gorra calada hasta los ojos y medio tumbado. Debo de haber babeado y todo hasta que un movimiento brusco del tren me ha despertado. Me he girado un poco para seguir durmiendo sin abrir los ojos ni nada y he notado otro latigazo del tren. Y otro más fuerte. Estaba tan sopa que no ha sido hasta escuchar una ruda voz que he caído en la cuenta de que no era el tren sino que alguién me estaba zarandeando para despertarme. Ese alguien era un tipo uniformado y armado hasta los dientes con toda la cara de ser el poli malo. A su lado estaba el poli peor. Me han pedido hasta el carnet de la biblioteca y han examinado detenidamente cada papel y documento mientras me sometían al tercer grado. ¿Dónde va? ¿De dónde viene? ¿Cuánto tiempo piensa quedarse en Suiza? ¿A qué huelen las nubes? A pesar del sobresalto a mí no se me ha quitado la caraja de encima y lento de reflejos mentales, con la boca pastosa y respuestas entrecortadas tenía que tener bastante pinta de ir colocao. Lo último que me han preguntado era si llevaba algo en mi equipaje que tuviese que declarar o que pudiese ser constitutivo de delito. A puntito he estado de confesar que a estas alturas mi bolsa de ropa sucia podría ser considerada material radioactivo pero me he mordido la lengua pues no parecían ser muy amigos de la broma y yo no quería acabar en el cuartelillo por chistoso.

Y esto es todo amigos! Hoy me he chupado trece horitas de tren y mañana más de lo mismo hasta volver al punto de partida 6200 kilómetros de viaje después. Digamos que me queda lo peor, el borde del pan Bimbo, y no me lo puedo dejar en el plato, me lo tengo que comer masticando despacito. Pero el sandwich me ha sabido a gloria. Y compartirlo con vosotros ha sido muy divertido. Por no hablar del masajeo que supone para el ego ver tantos “me gusta” y comentarios. Me fui de viaje solito pero ver que día tras día seguíais al otro lado de la pantalla ha sido como viajar con cada uno de vosotros. Y ya paro que se me llena esto de babas. Chicos y chicas, ha sido un placer.

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