Día 9. Vente a Alemania, Míguel

El otro día os dije que nada más llegar a Alemania me había empezado a comportar igual que Alfredo Landa en cualquier españolada de los años 70. Pues bien, os engañé. Alfredo Landa en la película “Vente a Alemania, Pepe” es un dios nórdico comparado conmigo y mis primeros pasos en Berlín. Por favor, para mi próximo cumpleaños regaladme una boina, una maleta de cartón y una gallina.

El viajecito de 800 kilómetros en tren desde el sur de Alemania hasta Berlín no es moco de pavo pero la cosa mejora bastante si se te sienta al lado una chica guapa, supongo. Porque yo no tuve esa suerte, a mi se me sentó un cansino, en alemán cansinen. Acababa de caer rendido en mi asiento y me disponía a sacar el móvil para empezar a escribir pamplinas cuando un tipejo igualito a Torrebruno pero en rubio llegó por el pasillo hasta mi altura, miró los números de asiento guiñando los ojos y con voz de pito me preguntó algo así como: juorgcsteunsitzcandemore? El otro día aprendí bien la lección con el revisor cachondo y no pensaba tropezar de nuevo con la misma piedra así que le contesté que no hablo alemán pensando que con ello me dejaría en paz. Pues no, gracias a mi fino acento de Bremen el tipo me leyó la matrícula y empezó la pesadilla… “aahh, tú ispanial” me espetó en algo lejanamente parecido al castellano. Como ya llevo un par de días en el país y mi cerebro es muy maleable lo primero que pensé fue “mierden” antes de contestarle que sí, que español y de Madrizzz. A Torrebrunen se le iluminaron los ojos al escuchar esta última palabra y tras sentarse a mi lado me torturó utilizándome de sparring para practicar lo que él creía que era hablar español…”madrui!…ya canasco madrui!….tapa…tapa…tartilla…yuriso…ándala ándala…Messi (¿¿¿???)…olé olé…taro taro…tinerifa, lansagote!!” Ganas me dieron de hacerle una rima soez con esta última palabra pero no quise tentar la suerte no le fuera a gustar la idea. Yo intenté darle a probar su propia medicina y practicar con él mi alemán pero como sólo sé decir buenos días, adiós, gracias, de nada, cerveza, patata y Beckenbauer no tenía tampoco mucho recorrido. Ni siquiera me dejaba hablarle en inglés, se empeñaba en que la “conversación” discurriese en castellano. Ahora sé lo que sienten los rusos que vienen a mi curro e intentan hablarme en inglés mientras yo insisto en deslumbrarlos con las veintitrés palabras que sé decir en su idioma. Gracias a Dios Torrebrunen y su matraca se bajaron en Frankfurt y yo pude disfrutar de la bendita soledad el resto del camino.

Siendo sincero no la disfruté mucho pues un pequeño asuntillo me rondaba la cabeza. El otro día y por culpa de los ojos de Gertrud, la cerveza a granel y la mismísima Helena de Troya encarnada en cocinera se me había olvidado aprovechar la conexión a internet del hotel de Friburgo para comprobar y dejarme apuntadita la ubicación exacta y la parada de metro de mi hotel de Berlín. Y ahora no podía mirar la reserva en el móvil porque no tenía conexión. Cagadón. Estaba en una ciudad de 900 kms cuadrados y tres millones y medio de habitantes sin pajotera idea de dónde tenía que dirigirme a pasar la noche. Bravo Miguelín. Gracias a Dios tengo un ángel de la guarda que no me lo merezco y que hizo su primera aparición de la noche en forma de recuerdo de una conversación con dos buenas amigas donde comentamos el nombre de la calle de mi hotel. Kantstraße! Kantstraße! Esa era! La calle de Kant o la calle del Canto, a saber. Al menos ya tenía por dónde empezar. Se trataba ahora de saber dónde estaba y cómo llegar hasta ella. Ahí empezó mi momento “landa” de nuevo. Imaginaos que estáis en la estación de Atocha o en la de Sants y un toliga con pinta de acabar de volver del Camino de Santiago se os acerca preguntando en inglés con acento de su pueblo por la calle del Canto. No la Gran Vía o Paseo de Gracia no, la calle del Canto. Mare meva las vueltas que di por la estación mendigando información. Me conozco Berlín Hauptbahnhof mejor que el que diseñó sus planos. No quiero ser plasta con el tema pero es que hay una secuencia de “Vente a Alemania, Pepe” clavadita a esa odisea mía por la estación.

Algunos a los que pregunté ni me entendieron, otros se hicieron los suecos y el resto no sabía dónde estaba la callecita de marras. En la oficina de información, después de mirarme en plan “este gitano qué quiere”, me espabilaron con un plano de metro que sin saber cuál era mi parada me era tan útil como una cita de Paulo Coelho. Cuando empezaba a asumir que o bien le entregaba un riñón a un taxista como ofrenda para que él me buscase el hotel o bien dormía en un cajero, mi ángel de la guarda, uno de los tipos más atareados del cielo sin duda, me salvó el culo por enésima vez cruzando en mi camino a un tipejo regordete ataviado con una gorra de ferroviario y un chaleco con la “i” de información estampada en amarillo. Me acerqué a él y le pregunté lo único que me importaba ya en esta vida…“do you know where is Kantstraße?”…poniéndole los ojitos del gato de Shrek. Y lo sabía. Y me lo dijo. Y casi me pongo a llorar.

Y ahí se acabaron mis problemas de logística en Berlín, o eso creía yo.

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