Día 7. He visto a la mujer de Dios

No sé qué está pasando pero ha sido cruzar la frontera de Alemania y empezar a hacer el cateto, en alemán cateten. Es como si el espíritu de Alfredo Landa se hubiese apoderado de mí. El primer momento “Landa” fue en el tren camino de Friburgo. Nos habíamos parado en medio de la nada y a los cinco minutos apareció el revisor para explicar lo que pasaba. La razón debía ser supergraciosa pues todo el mundo empezó a reírse con las explicaciones. Y “todo el mundo” me incluye a mí. Sí hijos míos sí, como un puto monger yo me despollaba el que más para no desentonar y que nadie notase que no pillaba ni una sola palabra de lo que decía el revisor. Para más inri el tipo nos lo contaba a todos pero me miraba especialmente a mí, seguramente porque yo me reía más que el resto. Y claro, esa sobreactuación digna de Jack Nicholson no podía depararme nada bueno. Después de soltar algo tan gracioso que casi me meo encima de la risa el tipo se me acercó y me preguntó algo sonriendo y mirándome a los ojos. La cagaste Burt Lancaster. No podía seguir huyendo hacia delante así que notando como me subía la sangre a la cara me metí la mano en un bolsillo, saqué el pasaporte, se lo puse frente a la cara y con un hilillo de voz a medio camino entre el tartamudeo y la súplica dije lo que tenía que haber dicho cinco minutos antes, “Ich spreche kein Deutsch’, vamos, que no hablo ni papa de alemán. El primero en descojonarse fue el propio revisor aunque enseguida entraron a los coros el resto de pasajeros a mi alrededor. Bien merecido me lo tenía por melón.

Después de casi una semana de mal dormir en zulos y cuchitriles por fin en Friburgo tengo una habitación de hotel para mí solo! Y por el mismo precio que un camastro en Suiza. De hecho, tras sufrir los precios suizos Alemania me parece Marruecos. Estaba tan contento y excitado por la novedad cuando llegué a mi flamante habitación que lo primero que hice fue…eeehhh….bueno, eso mejor no lo cuento pero lo segundo que hice fue saltar en calzoncillos sobre la cama gritando oeee oeoeoeee como si acabase de ganar el Mundial. Sí, así de maduro soy a mis 39 primaveras.

Como mi cuerpo ya había supurado todo el alcohol de la primera nochecita en Avignon decidí que ya era momento de volver a castigarlo y me bajé al bar del hotel. Allí me llevé la segunda alegría del día en forma de camarera teutona de nombre bastante feo, Gertrud, pero con dos ojos verdes que al verlos te entraban ganas de empadronarte en aquel bar. Para variar la chica también hablaba castellano aunque yo quería pedir de beber haciendo mis pinitos de alemán. Ein bier, bitte. Por ir de listo me preguntó un par de cosas en el mismo idioma que no entendí y a las que solo pude contestar asintiendo como un mongolo sin poder dejar de mirar esos ojos de kriptonita. No me salió mal la jugada pues me plantó delante una jarra de medio litro de espumosa cerveza rubia y me invitó a que tomara asiento en una mesa. Me tragué esa primera jarra como un sumidero. Ya se me había calentado el hocico así que pedí otra. Y otra. No soy muy fan de mezclar y no suelo comer cuando bebo pero en todo el día solo había comido un sandwich y en la habitación no me quedaban ni unas míseras galletas así que le pedí a Gertrud la carta. Como ya me costaba un poco enfocar pedí lo primero que vi, Feldsalat mit zwiebeln, speck und croutons…con las tres jarrazas que llevaba entre pecho y espalda no habría podido encontrar el sujeto y el predicado de “mi mamá me mima” así que como para entender lo que ponía ahí. Resultó ser ensalada de canónigos con bacon, alguna verdurilla salteada y pan frito pero yo ya no tenía ojos para la comida desde que se había abierto la puerta de la cocina y la cocinera había aparecido con mi cena. O yo había bebido demasiado o la cerveza de ese sitio lleva como ingrediente secreto Lsd porque lo que estaba viendo no podía ser sino una alucinación. Intentar describir con palabras lo guapa que era esa mujer sería como interpretar Las Cuatro Estaciones de Vivaldi a base de collejas y no estoy por la labor de profanar así su recuerdo. Decididamente debería empadronarme en aquel bar. Solo la vi unos segundos pero estaba claro que después de aquel momento la noche solo podía empeorar así que me comí la ensalada, pagué la cuenta y me fui a mi habitación tarareando unos versos de La Mala Rodríguez: “…soy la cocinera de tus mejores platos, deja que te empape con lo que yo me empapo…”.

La Selva Negra es como os la imagináis. Vale, no sé cómo os la imagináis cada uno pero seguro que de manera parecida a como lo hacía yo y efectivamente es así. Al cruzarla tienes la sensación de que en cualquier momento van a aparecer entre los árboles Hansel y Gretel corriendo con la bruja pisándoles los talones.

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