Día 2. Me tocaron las palmas

 

No pensaba daros la brasilla hoy también con mis tribulaciones, que lo poco gusta y lo mucho cansa, pero como tengo mucho tiempo libre en los trenes y además las andanzas que os conté ayer han tenido incluso más “me gusta” y comentarios que cuando colgué hace unos días mi foto desnudo al final me he decidido a relataros cómo acabó ayer el día.

Como Dios aprieta pero no ahoga estaba clarinete que la cosa solo podía mejorar después del atropellado comienzo de viaje. Una vez en Avignon la primera sorpresa fue descubrir que en la habitación compartida del hostal aparte de mí solo había una japonesa! A los que se os acaba de activar la entrepierna al leer esto deciros que Yuki, que así se llamaba la hija del sol naciente, vino al mundo antes de la Segunda Guerra Mundial. No sé a vosotros pero a mí no me atraen sexualmente las abuelas, todavía. Lo que sí tuvimos fue un rato de charla y buen rollete pues con esa sonrisa perenne que llevaba Yuki cosida a la cara era difícil no imitarla. Pero como la edad no perdona y a las ocho de la tarde la mujer decidió que ya era hora de acostarse la dejé roncando y me fui al bar de hostal a monear un poco.

Yo os juro que solo me quería tomar un par de birras pero cuando me estaba planteando irme al sobre aparecieron unas mozas australianas y la cosa se complicó. Parecían tan interesadas en la cultura española que como soy un caballero no podía dejarlas con semejante sed de conocimiento. También apareció el novio de una de ellas, con cierta cara de desconfianza y en pijama, señal inequívoca de que había salido de la cama por lo que pudiera pasar. Y después apareció Rory. Un trotamundos cincuentón, también australiano, con un pack de cervezas baratas pero frías y una guitarra española. Lo que tiene ser español en el extranjero es que la gente pone muchas expectativas en ti en lo que a montar jarana se refiere. Y claro, yo me debo a mi público, por lo que acabé acompañando a Rory a las palmas mientras otra guiri se arrancaba por los Beatles. Olé, olé y olé. La cara de felicidad plena se debe de parecer bastante a la que tenía yo con los ojos cerrados aporreando mi asiento a modo de cajón gitano.

Los jóvenes se fueron a dormir la mona y me quedé con Rory, sus cervezas y sus historias. Me acosté a las tantas bastante contento y pensando (atención, batallita del abuelo cebolleta a la vista) que lo mejor que he hecho en mi vida fue irme hace muchos años a Irlanda a lavar miles de platos, beberme cientos de Guinness y aprender el suficiente inglés como para entender a un australiano borracho.

Hoy hago noche en Ginebra y con la que me enganché anoche solo de pensar en ese nombre se me revuelve un poco el estómago.

Supongo que no habrá colado pero si algún alma de cántaro está buscando mi foto desnudo ya puede parar de buscar.

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