Lo nuestro fue un flechazo

Me despierta la alarma del móvil. Lanzo una mano en busca de la mesilla para apagarlo y descubro que no hay mesilla. He vuelto a dormir en el sofá. Y vestido, por supuesto. Si dormir en el sofá vestido con la ropa de ayer no es muy cómodo no quiero deciros nada si tu atuendo habitual incluye un cinturón de tachuelas.

Me toco un pie con el otro y compruebo que al menos tuve la decencia de descalzarme antes de tumbarme a agonizar. Me huelo que me le enganché fina anoche, me duele hasta el pelo. La alarma del móvil sigue sonando y no tengo ni idea de donde cojones está el puto cacharro. Meto la mano debajo de la manta y lo busco perezosamente. Aparto unos cojines y mi mano topa con algo duro y frío. No es el móvil, no sé lo que es y muy intrigado lo agarro y no sin esfuerzo lo saco de debajo de la manta. Me gustaría haberme visto la cara que he puesto cuando he comprobado lo que tenía en la mano. Un cono de señalizar el tráfico. Naranja, verde y grande. Hecho en Pamplona pone. He pasado la noche con él.

Empiezo a recordar. Lo nuestro fue un flechazo. Vale que me lo encontré en la calle pero enseguida le cogí cariño y después de pasearlo por el bar (tengo que decir que un colega, Johny también venía conmigo y también llevaba otro cono, yo no era el único tonto del cono en el bar) y usarlo como megáfono, como sombrero y como polla gigante decidí llevarlo conmigo y unos colegas a la nueva casa de Jhonny a tomar la última. Allí el cono se quedo en un rincón, es algo tímido, no conocía a casi nadie y se debía de sentir algo solo pues el cono de Johny se había ido con otra gente y yo estaba bastante pedo contando sandeces en medio del salón.

No tardé en darme cuenta de que parecía aburrirse y tenía pinta de cansado. Decidí que ya era hora de que nos largásemos de allí. Me despedí de los colegas, bajé con mi cono en el ascensor hasta el portal y nos fuimos juntos de la mano. Johny vive cerca de mi casa y la puerta de su garaje da directamente a mi calle. Cuando está abierta. Cuando está cerrada a pesar de ver tu casa a treinta metros tienes que darte la vuelta y peregrinar rodeando toda una manzana. Ni de coña. La verja no parecía más grande que el pedo que llevaba. En ese momento pienso si no será momento de despedirme del cono antes de ponerme a hacer el mono. Me asalta la culpa y decido que si hemos llegado juntos hasta aquí merece la pena intentarlo juntos. Lo agarro y con cuidado lo lanzo sobre la verja calculando las probabilidades de desnucar a alguien con un cono de señalizar el tráfico a las cinco de la mañana. Lo escucho caer sin montar demasiado estruendo, nadie grita. Ahora me toca a mí. Esa verja no es obstáculo para cualquiera acostumbrado a olvidarse las llaves en casa. En un pispas estoy de nuevo junto al cono y por fin podemos irnos directos a casa.

Del resto solo recuerdo que una vez en casita lo dejé en el sofá mientras yo iba a ponerme algo más cómodo y que al volver me tumbé junto a él. Ahí se me empieza a nublar la memoria pues todo me empezó a dar vueltas, el vodka me mostró su verdadera cara y me sobrevino la oscuridad hasta que el móvil ha empezado a sonar hace un momento. La alarma ya se ha aburrido de sonar pero sé que en breve empezará otra y luego otra. Me las pongo cada dos minutos no sé por qué razón.

Decido levantarme de una vez del sofá y al ponerme de pie le doy una patada al móvil, lo he encontrado. Compruebo la hora, las diez y veintidós de la mañana, entro a currar a las once. El cono se queda en el sofá mientras yo me doy otra de mis duchas rápidas. Me preparo un café frío y me siento a bebérmelo en el salón acompañándolo con un Espidifen. El cono sigue ahí y no parece dispuesto a irse. Me conozco y por mí se podría quedar en casa toda una vida, de hecho me hace gracia tener un cono de señalizar el tráfico en el salón. Pero dentro de una semana vienen mis padres a pasar unos días y aunque son bastante abiertos no creo que entendiesen lo nuestro. Esto tiene que acabar pero soy un sentimental y me da pena dejarlo tirado en la calle.

Durante un segundo mi cerebro alberga la posibilidad de esconderlo en el maletero del coche durante la estancia de mis padres. Durante los siguientes tres segundos mi cerebro solo alberga la certeza de que debo ser el tipo más tonto del planeta. Me tengo que deshacer de él sí o sí pero me da vergüenza que me vea alguien salir de casa a las once de la mañana acompañado por un cono naranja, verde y grande. Será mejor que lo deje en casa tranquilo todo el día y que esta noche al salir de currar y amparado en la oscuridad me despida de él y lo deje en medio de la calle. Sé que es lo mejor para los dos pero siento una punzada de celos al saber que mi cono acabará yendose con el primer borracho que pase.

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