El síndrome de Stendhal

Salgo al escenario principal de Glastonbury, me agarro al pie de micro y adoptando mi pose más rockera miro arrogantemente a los cien mil fans que corean mi nombre. Soy el más grande y mi banda es la mejor de la historia. Se me pone la piel de gallina y me entran ganas de llorar. Me pregunto cómo he sido capaz de llegar hasta aquí. No, no es una pregunta retórica, ¿cómo cojones he llegado hasta aquí si ni siquiera sabía que tenía un grupo?

Mientras hago memoria sin dejar de mirar con chulería a los fans un ampli de guitarra empieza a acoplarse con un ruido de mil demonios. Qué raro, ese ruido no parece un acople, parece, parece, oh, oh….mierdaaaa. Eso no es un Marshall de válvulas acoplándose, es la onírica y gloriosa forma que mi subconsciente le da a mi apnea del sueño. Ese ruido de mil demonios es mi narizota XXL roncando como un cachalote asmático. Sé positivo Miguel Ángel, eres único, poca gente es capaz de despertarse con sus propios ronquidos.

Sigo teniendo la piel de gallina, eso no me lo quita nadie. Lo que si me han quitado es la manta, motivo por el cual tengo la piel de gallina. No veo ni papa pero hasta Stewie Wonder se daría cuenta de que la única parte de mi cuerpo que sigue debajo de la manta es mi pie derecho. Encima es justo el pie que aún conserva el calcetín puesto. Mientras mis ojos se acostumbran a la oscuridad me giro para tirar de la manta cual mafioso arrepentido y justo en ese momento descubro que le pueden dar mucho por culo a Glastonbury, a la gloria y al sexo, drogas y rock and roll.

La manta es sabia y en vez de cubrir mis fofos 70 kilos ha decidido enroscarse alrededor de un ángel de pelo rizado que duerme a mi lado. Tal visión me hace dudar si no estaré soñando todavía así que tiro un poco más de la manta para asegurarme. El ángel deja escapar un suspiro con forma de gominola de fresa y se gira hacia el otro lado dejando caer la manta y mostrándome su espalda desnuda. Joder, menudo espectáculo, eso no es una espalda, es un cuadro de Leonardo. Noto un calorcito que me sube de la entrepierna hasta el cerebro. Miento, para ser exactos el calorcito me baja del cerebro a la entrepierna. Durante un segundo valoro la posibilidad de arrimar la cebolleta al cuadro de Leonardo a ver si suena la flauta de Bartolo, la de un agujero solo. En un fugaz (y raro en mí) momento de cordura aborto la misión. Según el despertador son las cuatro de la mañana, una hora igual de buena que cualquier otra para refocilarse si estás despierto pero muy mala para que te despierten a traición con 69 kilos de carne helada y un kilo de cebolleta ardiente. Bueno, quien dice un kilo dice medio, o cuarto y mitad

Como menearme la sardina en silencio como un enfermo no es una opción intento calmar el furor testicular a base de imaginación. Norma Duval nunca me falla para esto. Si la sonrisa de Norma no me baja los humos siempre tengo en la recámara a Bimba Bosé. Puaggg. Una vez que mi cerebro vuelve a tomar el mando de mi voluntad vuelvo a deleitarme con lo que tengo delante. Me faltan palabras, para esto no me sirve la literatura, necesitaría saber de matemáticas para poder describir lo que veo pero como la matemática nunca se me dio muy bien voy a tener que recurrir a comparaciones inéditas. ¿Os ha adelantado alguna vez por la carretera un Aston Martin plateado envuelto en la luz del atardecer? Yo tuve esa suerte camino de Escocia (este detallito es cosa de mi ego que se moría por recordaros que hace años me fui desde Madrid hasta el Lago Ness en coche) y en ese momento pensé que esas eran las curvas más bellas que vería nunca. Me equivoqué como siempre. Nunca tendré un Aston Martin pero ya quisiera el dueño de aquel bólido que me adelantó a mil por hora tener delante ahora mismo este tratado de geometría.

Repito: soy un afortunado y lo que tengo delante es una señal de que no lo debo hacer tan mal como a veces pienso. El ángel vuelve a soltar un suspiro con forma de algodón de azúcar. Qué mal repartido está el mundo, ella suspira como la Bella Durmiente y yo ronco como el Yeti. Aprovecho también aquí para deciros que no os gastéis los 21 pavos que cuesta el antirronquidos “Silence” ese que anuncian en la tele. Aparte de ser un asco tener que rociarte la traquea con espuma (tres veces!) justo antes de dormirte resulta que el único efecto destacable que he notado tras acabarme el bote entero es que al día siguiente el aliento te huele a Calgonit Ultra. No os lo compréis, es más inútil que un cenicero en una moto y no os va a librar de vuestra sinfonía nocturna de oboe en do mayor. Mejor será que os gastéis esos 21 euros en comprarle a vuestra pareja unos buenos tapones para los oídos hechos de kriptonita.

Mientras valoro la posibilidad de extirparme la nariz o aprender a no respirar el ángel se da la vuelta. Eramos pocos y parió la abuela. Mi autocontrol y decencia tienen un limite y lo que tengo delante sacaría de sus casillas al mismísimo Dalai Lama. Nota mental: comprarle a esta chica un pijama o comprarme yo un bote de bromuro. El suplicio de Tántalo es un sudoku del “Marca” comparado con esto. Pierdo el control y me dejo llevar por la calentura pero mientras una de mis manos busca mis calzoncillos y la otra se dirige hacia la carne turgente que tengo frente a mí el ángel da un respingo y lanza hacia mí un adormilado brazo cuya mano impacta directamente contra mi jeta antes de posarse dulcemente sobre mi hombro. Joder, su subconsciente me ha pillao con el carrito del helao. No hay duda de que este derechazo es una señal inequívoca de que más me vale estarme quietecito así que envaino la espada y me jodo y me aguanto. Mucho ser el amo de mi destino y el capitán de mi alma pero joder lo que cuesta dominar un calentón traicionero. Ánimo, aguanta pichabrava. Es mejor esperar unas horas hasta que esos párpados se abran y esos ojos a medio camino entre el marrón y el verde te miren primero con sueño, después con extrañeza y finalmente con ternura.

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