De arroces y abuelos

Tengamos la edad que tengamos siempre pensamos que ya estamos mayores para algo. A los veinte te ves mayor para apuntarte a karate o danza. A los treinta te ves mayor para volver a estudiar o largarte fuera a aprender inglés. A los cuarenta te ves mayor para cambiar de trabajo o mandarlo todo a la mierda. Supongo que a los cincuenta uno se verá ya mayor para aprender a hacer el moonwalker y esa es la señal de que empieza la cuesta abajo.

La expresión “se te ha pasao el arroz” retrata más a quien la pronuncia que a quien la escucha. Pero cambiando una sola letra de dicha frase te queda una expresión aún más chunga: se me ha pasao el arroz. Esa te retrata a ti. Y sales difuminado, como Beck en el video de Loser. Que la gente sea envidiosa y pacata no es excusa para que lo seas tú también. Huelo el tufillo happymonguer que desprenden estas palabras pero no os asustéis, no pienso veniros con la milonga de que si te lo propones en serio puedes conseguir lo que quieras. Claro. Y si no lo consigues es porque te lo has propuesto poco y mal. Culpa tuya. Sin pretender caer en ese rollo autoayudesco y timotivador no podemos negar que, dentro de las circunstancias de cada uno y a poder ser sin joder a nadie, somos libres para hacer lo que queramos. Cuando queramos. Lo sabemos y por eso escuece aún más esa espinita con forma de monopatín o viaje mochilero. No seas toliga y aprende danza o karate antes de que te duelan las rodillas. Salda deudas con tu yo de quince años. O si lo quieres menos cursi: a casi nadie le importas una puta mierda pero a pesar de ello hagas lo que hagas los demás se van a reir de ti. Así que mejor que sepas karate.

El culpable de que hoy haya terminado hablando de esto es un señor con bigote. Un señor con bigote que me dibujó una sonrisa en el careto la primera vez que me crucé con él. Esa sonrisa que se te pone cuando la vida te deja con la boca un poco abierta y durante unos instantes recuperas la esperanza. No sé si una sonrisa puede salir del alma, ni siquiera sé si existe el alma, pero de ser correctas ambas suposiciones, aquella sonrisa me salió de ahí mismo. Ese tipo no sabe cuánto bien me hizo. Intentar explicarlo por aquí me va a quedar chapucero pero no os puedo invitar a todos a una caña. Bueno, lo mismo sí, a ver, levantad la mano que os cuento.

El bigote de nuestro protagonista es completamente blanco. Su pelo también. Así a ojo debe de andar por los ochenta y algún años de edad. Hasta aquí poca novedad porque ver un jubilado en el paseo marítimo de la Pineda es tan raro como ver una hamburguesa en el McDonalds. Pero nuestro jubilado no es un jubilado cualquiera. Él no pasea tranquilamente por el paseo ni mira las obras con suspicacia. Nuestro jubilado vuela sobre dos patines en linea. El tipo patina paseo arriba paseo abajo bastante ligerito y con las manos cogidas por detrás de la espalda, porque por muy molón que sea sigue siendo un jubilado y tiene que llevar las manos cogidas por detrás. Patina con estilazo, apenas se menea y no hace ni un aspaviento. Fluye por el paseo tras sus gafas de sol, ataviado con una especie de maillot ciclista blanco, que ya era vintage en los ochenta, con la palabra Galdakao impresa en la espalda con letras de tipografía vasca. Nuestro campeón es del norte. Y ha venido a La Pineda a devolvernos la esperanza y darnos una lección sin ni siquiera abrir la boca.

Es imposible no quedarte mirándolo embobado. Un anciano enfundado en un atuendo viejuno deslizándose con suavidad y a buena mecha bajo las palmeras, con la vista puesta en el frente y las manos cogidas por la espalda. Aparentemente va concentrado en el camino pero vete tú a saber lo que tiene cada uno en la cabeza. El único pero que le pongo al vasco es que por ir tan absorto en lo suyo se pierde alguna cosita. Como por ejemplo ligarse a una guiri. El anciano no lo sabrá nunca pero hace unos días sedujo a una dama. No está mal para alguien que nació durante la Guerra Civil año arriba año abajo. Fue un flechazo, pero en una sola dirección. La tipa debía rondar los setenta y tantos años, era alta y con menos carnes que un potaje, y por lo respingón de su nariz supuse que sería francesa. Paseaba por la orilla de la playa cuando reparó en el yayo veloz. Yo me cruzaba con ella justo en ese momento y tuve la suerte de asistir a un fugaz episodio de los que te reconcilian con el mundo. La mujer dejó de caminar y se quedó parada como una estatua siguiendo con la mirada al vasco hasta que lo perdió de vista. Lo observó con tanto interés que uno diría que hasta le estaba mirando el culo. Cuando la guiri volvió a emprender su camino llevaba una sonrisa y un brillo en los ojos que sin duda también le habían salido del alma.

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