Cipotes

Nuestro profesor de matemáticas en séptimo de E.G.B. nos llamaba cipotes. No a toda la clase claro, solo a algunos, a los elegidos para la gloria. Suponemos que nos llamaba cipotes como sinónimo de botarates o tarugos, al menos esa es la versión menos retorcida que se nos ocurre. A veces también nos llamaba medio cipote….“¡Es usted un medio cipote Miguel Ángel!”. Y te creaba ahí una duda. ¿Soy la mitad de tonto o el doble?

Con aquella manera de actuar la pescadilla se mordía la cola. Es difícil mantener el orden en las filas si al tratar de poner firme a la tropa lo que consigues es que se partan el ojete. Cuando estaba harto ya de luchar contra la apatía, el desinterés, el pitorreo y el hijoputismo el profe se plantaba delante de la pizarra, nos miraba a todos con expresión de no poder creerse algo y levantando un poco los brazos como Moisés gritaba: ¡Son ustedes unos cipotes! Y claro. Aguántate tú ahí la risa si puedes. Tienes doce años y un señor serio no para de decir cipote. Y medio cipote.

Nos llamaba cipotes y se ponía rojo como un cantaor pero ese profe era un buen tipo y lo más violento que le vimos hacer fue darle una patada al pupitre de un alumno. Poco me parece porque dicho alumno hubiese sacado de quicio al Dalai Lama. Pero no siempre tuvimos la suerte de tener maestros que desahogasen sus frustraciones llamándonos cosas divertidas. En mi guardería ya con cuatro añitos nos sacudían con una regla en la mano si nos portábamos mal, es decir, si nos portábamos como críos de cuatro años. Si a algún joven millennial esto de los reglazos a tan tierna edad le parece inconcebible y más propio de una novela de Dickens que sepa que en mi pueblo esta misma historia te la pueden contar todos los que durante esos años pasaron por aquel aula. Llegados ya a E.G.B. recuerdo capones y collejas esporádicas hasta que en cuarto y quinto nos tocó un profe con tendencia a la exasperación furiosa y la mano bastante larga. Durante dos cursos nos calentó el cogote a base de bien. “¡Dioos!……¡¡Diooooos!!….¡¡¡Dioooooooos!!!” bramaba fuera de sí el hijo de puta mientras venía hacia ti arremangándose el jersey y quitándose el reloj para que no le saliese disparado de la muñeca al arrearte. Eso ya le había pasado una vez y el reloj acabó reventado contra el suelo. Aquel día sin saberlo aprendimos lo que era el karma y lo dulce que sabe la venganza.

Cuando veías a ese profesor venir engoriladísimo a por ti lo único que podías hacer era encogerte, apretar los dientes y ponerte las manos sobre la cabeza tratando de achicar la zona de impacto. Pero el tipo tenía oficio en esto y siempre encontraba el hueco que no llegaban a cubrir tus manitas de nueve años. O lo mismo amagaba con darte por un lado y cuando acudías a defender con las manos ese flanco te arreaba en la zona que acababas de dejar expuesta. La ostia te la llevabas te pusieras como te pusieras. La única excepción a esta regla se produjo cuando el alumno que estresaría al Dalai Lama al ver venir hacia él al maestro hecho un basilisco se metió bajo el pupitre y en una jugada maestra decidió utilizarlo no solo como refugio sino como vía de escape. El pupitre comenzó a moverse en dirección a la puerta de la clase. El colega iba ahí debajo metido como un nazareno, con el pupitre a cuestas y dejándose las rodillas para avanzar lo más rápido posible hacia la libertad. Y riéndose claro. Un héroe.

Mis sobrinas estudian en el mismo colegio en el que hice yo la E.G.B. y hace poco durante una comida familiar mi hermana me dijo que le preguntase a Ana, mi sobrina de ocho años, cómo los llama a veces su profesor en clase. Se lo pregunté y al escuchar la respuesta me explotó la cabeza. Sí. Cipotes. Y no porque el vocablo se haya arraigado con los años entre los profesores de ese centro sino porque se trata del mismo maestro! Treinta años después sigue intentando poner orden a su manera con el mismo resultado que antaño a tenor de la risa que le entró a mi sobrina al contármelo.

Justo mientras escribía lo anterior me llegó hace unos días la noticia del fallecimiento de una de mis maestras de aquella época, la señorita Pita. Creo que todos, desde los alumnos más aplicados hasta los más zascandiles, guardamos buen recuerdo de ella. Tenía la paciencia que le faltaba a algún otro. Descanse en paz señorita Pita.

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