Cuento de Navidad

Rogelio terminó de vestirse y se miró en el espejo. Lo que veía le habría hecho sonreír si no fuese porque él no sonreía nunca. O por lo menos no sonreía nunca ya. Su larga y frondosa barba blanca le servía para disimular esta perenne falta de alegría en la jeta pero los ojos son más difíciles de esconder y los ojos de Rogelio eran el espejo de un alma amargada. Rogelio nunca había sido un festival de tío pero desde que su mujer, aburrida de aguantar a un rancio de tal calibre, lo abandonase hacía ya más de veinte años la cosa había ido a peor y a sus sesenta y tres primaveras Rogelio había pasado de ser un tipo taciturno y poco jovial a ser un misántropo de manual que evitaba en lo posible el contacto humano. Quizá por eso Rogelio era de las pocas personas a las que verse en el espejo vestidos de Papá Noel no les hacía gracia.

Rogelio siempre había llevado barba. No una de esas modernas de ahora sino barba de filósofo comunista ruso. Esa barba, totalmente blanca ya a su edad, le daba a Rogelio el aspecto de un viejo sabio o un viejo loco. Y fue gracias o por culpa de esa barba que Rogelio había terminado vestido de Santa Claus. Bien es sabido que para toda la gente mustia como Rogelio la época del año más insoportable es la Navidad. Pero más insoportables son el hambre y el frío así que cuando a Rogelio lo prejubilaron en la fábrica con una pensión de setecientos euros al mes no le quedó más remedio que aceptar cualquier curro o chapucilla que fuese saliendo para intentar vivir un poco más holgado. Especialmente en invierno y así poder encender la calefacción en casa sin tener que dejar de comer. Con los treinta pavos al día que le daban en la tienda de juguetes por hacer de Santa Claus de cinco a diez Rogelio podía permitirse caldear sin racanería el oscuro bajo donde vivía de alquiler desde hacía casi cuarenta años.

La barba de Rogelio no solo fue la razón principal por la que un conocido lo recomendó para el puesto de Santa Claus sino que también era la única razón por la que aún no lo habían echado del mismo. Su caracterización era tan creíble comparada con los adefesios que uno acostumbra a ver en los centros comerciales que el dueño de la tienda lo mantenía en el puesto a pesar de que su actitud no fuese la que uno espera de un tipo bonachón amigo de los niños. Rogelio se limitaba a estar sentado en su sitio escuchando impasible las cantinelas de los críos que se acercaban a hablar con él y como mucho se dignaba a mirar a la cámara si algún padre quería una foto de su crío con Santa Claus. Ni le preguntaba el nombre a los niños ni se interesaba por los regalos que habían pedido. No abría la boca a no ser que algún niño se pusiese muy pesadito preguntando algo. En ese caso Rogelio lo espabilaba con un seco “¿sabes que a los niños preguntones no les llevo regalos?” y volvía a su apática pose.

Después de vestirse delante del espejo del baño de empleados y comprobar que todos los complementos del disfraz estaban en su sitio Rogelio salió al patio trasero de la tienda a echarse un Winston. Eran las cinco menos diez. Hoy Rogelio solo curraba hasta las ocho pues el jefe cerraba antes la tienda para que los empleados pudieran irse a casa a celebrar la Nochebuena con sus familias. Rogelio y su exmujer no habían tenido hijos y a él de familia solo le quedaba un hermano que vivía en Francia y con el que no se hablaba o sea que para el caso lo mismo daba que viviese en Francia que en su mismo portal. Esa noche Rogelio pensaba hacer lo mismo que la noche anterior y la noche siguiente. Prepararse un bocadillo para cenar y sentarse en el suelo del cuarto de estar frente a las diez mil piezas de un puzzle de la Torre de Babel. Solo le quedaba por completar el cielo, que siempre era la parte más coñazo del asunto. Cuando a Rogelio aún no lo había dejado su mujer solían pasar estas fiestas en casa de algún familiar de ella. La primera Navidad que Rogelio pasó solo en casa tras la separación se compró un puzzle de mil piezas de Las Meninas para entretenerse y que no se le cayera la casa encima. Surtió efecto y desde entonces Rogelio seguía haciendo puzzles cada vez más grandes y más complicados. Más allá de sus esporádicos curros o chapuzas y de las funciones fisiológicamente necesarias para la vida esos puzzles eran la única prueba de que Rogelio seguía vivo.

A las cinco de la tarde Rogelio se sentó en su sillón y se dispuso a pasar la tarde. La tienda enseguida se empezó a llenar de gente y no tardaron en venir los primeros niños de la mano de sus padres para hacerse una foto o darle un poco la barrila. Santa Claus capeó el temporal con su habitual apatía y fue dejando las horas pasar. A las siete la tienda empezó a vaciarse mientras Rogelio comenzaba a decidir de qué se haría el bocadillo esa noche. Tortilla o atún. Y entonces llegó Penélope. Rogelio seguía ensimismado pensando en su cena y no la vio venir. Solo sintió como le daban un fuerte tirón de la barba. Rogelio dio un gritito seguido de un “cagüendios” nada propio de Papa Noel mientras lanzaba una furiosa mirada a una mocosa de unos cinco años que se se le había colocado delante y seguía agarrada a su barba mirándolo fijamente. Mientras Rogelio valoraba las consecuencias laborales de darle un bofetón a la niña esta le soltó la barba y con voz de pito y una sonrisa que habría conmovido al mismísimo Sauron gritó:

– ¡¡Eres el de verdad!!

Antes de que Rogelio pudiera mandarla a freír espárragos la cría se le sentó sobre las rodillas y después de apoyar la cabeza en su pecho y abrazarlo siguió hablando como si la hubieran dado cuerda. Le contó que se llamaba Penélope y que llevaba muchos días buscándolo. Ella sabía que casi todos los Santa Claus que había por ahí son de mentira. Y lo sabía porque su padre también era un Santa Claus de mentira que llevaba una barba falsa. Por eso Penélope llevaba días tirando de la barba a todos los Santa Claus que se había encontrado. Porque su padre le había dicho que él solo era un actor que trabajaba haciendo de Papá Noel pero que por supuesto que Papa Noel existia de verdad, con barba de verdad, un trineo de verdad y regalos de verdad. Y tenía razón, ella lo había encontrado. Penélope le pidió a Santa una bicicleta roja para ella y una pelota grande para su hermano pequeño. La cría le dijo que no sabía si a Papá Noel solo se le podían pedir juguetes o también se le podían pedir otras cosas pero que igualmente tenía que intentarlo así que acercándose un poco más a su oreja y casi murmurando le pidió por favor que a su padre lo volviesen a contratar en la fábrica para que no tuviese que hacer más de falso Papá Noel. Ella no quería que su padre engañase a los niños. Si los niños le pedían los regalos a los Santa Claus de mentira era normal que muchos no recibiesen lo que habían pedido. Ella siempre pedía una bicicleta roja y ahora sabía por qué no se la habían traído nunca, porque se lo había pedido a algún Papá Noel falso. Los Reyes Magos tampoco se habían acordado nunca de su bici roja por lo que Penélope también suponía que casi todos eran de mentira y por eso también los tiraba de la barba para asegurarse cuando los veía. Por último la niña le dijo que sabía que en estos días Santa Claus tenía mucho trabajo y que se le notaba en los ojos que estaba muy cansado pero que ella confiaba en que sabría arreglárselas para que cada niño tuviese lo que había pedido, al menos los niños que se lo habían pedido a él, el de verdad. Porque si él era el verdadero Santa Claus era capaz de todo lo que se propusiera por muy cansado que estuviese.

Como colofón a todo esto Penélope le dio un gran beso en la mejilla a Rogelio, saltó de sus rodillas y con la misma tierna sonrisa con la que había aparecido se despidió de él deseándole que le fuese muy bien esa noche. Rogelio no abrió la boca pero esta vez no era por rancio sino porque la niña había desarbolado todas sus defensas y lo había dejado sin palabras. Penélope se dió media vuelta y se alejó de Rogelio. Este contempló cómo se marchaba la niña y la vio acercarse a un tipo y cogerlo de la mano. Su padre, el falso Papá Noel. El padre de Penélope recibió a su hija con una sonrisa tan grande como la de ella y mientras se dirigía con la cría hacia la puerta se giró fugazmente un segundo, miró a Rogelio y soltando un momento a su hija hizo un gesto con las dos manos simulando un pedaleo mientras asentía con la cabeza y guiñaba un ojo a Rogelio. Tras esto volvió a coger de la mano a Penélope y los dos se dirigieron hacia la salida.

Rogelio se descubrió a sí mismo devolviéndole el guiño al padre. Ese podría haber sido su gesto más emotivo en años si no fuese porque en seguida le disputó el puesto la tímida sonrisa que se dibujó en su cara. Lástima que por culpa de su barba esa inédita sonrisa se perdiese para siempre sin que nadie pudiera apreciarla. Rogelio aún estuvo un par de minutos embobado pensando en Penélope, en todos los niños del mundo, en sí mismo y en la puta vida. Lo sacó de su empanamiento la llegada de otro crío, un pelirrojo que se le acercó tímidamente como si tuviese miedo de él. Rogelio miró a los ojos al crío y volvió a ensayar su sonrisa como si acabase de aprender un nuevo truco de magia y estuviese deseando enseñárselo a todo el mundo. Al mocoso pelirrojo se le debía de haber comido la lengua el gato así que a Rogelio no le quedó más remedio que romper el hielo.

– Hola, feliz Navidad…¿cómo te llamas campeón?

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5 comentarios en “Cuento de Navidad

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