Trainspotting

Efectivamente no me equivocaba y el desayuno del Garfield Guest House es la pera limonera. Además de las típicas cosas para desayunar como cereales, fruta, tostadas, café y zumo de naranja a granel, como plato principal uno puede elegir entre el Full English Breakfast (bacon, huevos, salchichas, baked beans y tomate y champiñones a la plancha),  el Salmon Breakfast (huevos revueltos con salmón) o el Vegan Breakfast, que no me preguntéis lo que lleva porque al leer el nombre no he seguido leyendo. Por aquello de la novedad he optado por el salmón y esa decisión me va a tener salivando for a long time. Vivan los huevos revueltos con salmón y la gallina que los parió. Mi plato no creo que hayan tenido ni que fregarlo pues he rebañado con pan hasta la última molécula del desayuno.

El B&B ha cumplido todas mis expectativas. La habitación es minúscula, como no podía ser de otra forma por lo que me ha costado, pero frente a mi ventana no tengo ningún edificio sino un montón de verdes campos de rugby y allí a lo lejos se ve todo Edimburgo. La única pega que le pondría a la habitación es que el baño está fuera, una planta más arriba, aunque junto a la cama tengo un pequeño lavabo que cuando vas borracho se parece sospechosamente a un urinario. Ahí lo dejo. En bus tardas unos diez minutos desde el B&B al centro y andando unos treinta y cinco. Lo malo es que de esos treinta y cinco minutos veinte te los pasas recorriendo Hanover Street, que es una puta rampa de un kilómetro que así a ojo debe tener una pendiente del 7%. Cuando llegas a la cima de Hanover Street solo te apetece sentarte, tumbarte, darte una ducha o meterte en un bar. Contra todo pronóstico ayer no me decanté por esta última opción porque no quería liarla desde el minuto uno así que, a regañadientes, una vez en el centro seguí de paseo en vez de correr a refrescarme el gaznate con una pinta de Guinness. Subí Calton Hill, una colina desde la que se divisa todo Edimburgo (la típica foto de esta ciudad está tomada desde ahí arriba) y a la bajada paseé por la Royal Mile, la calle principal, haciendo una parada en Saint Giles Cathedral para sentarme un poco y relajarme aprovechando el silencio de la iglesia y lo flipante de sus vidrieras.

Al salir de la catedral era casi de noche y no encontré ninguna excusa convincente para no empezar a privar. Como no es buena cosa negarle al cuerpo lo que este te pide di un par de vueltas por el centro buscando donde empinar el codo. No quería meterme en el primer pub que viese lleno de gente, ya sabéis que voy de exclusivo por la vida, y me costó un poco encontrar donde poner el huevo. Pero la busqueda mereció la pena. Andando por la Royal Mile vi un callejón angosto y oscuro, por el que no me metería si estuviese en Madrid, y siguiendo ese callejón me topé con un pub, el Jolly Judge, al que tenías que acceder bajando unas escaleritas pues el cabrón estaba bien escondido. Mi intención era tomarme una pinta pero cuando abrí la puerta del Jolly Judge comprendí que iba a echar raíces ahí dentro. El garito en cuestión era pequeñito, dos metros de ancho por unos diez de largo y tenía el techo tan bajo que hasta yo corría peligro de darme un coscorrón con alguna de las vigas de madera carcomida que cruzaban todo el bar. Las paredes eran de piedra vista y el suelo estaba forrado con una moqueta que simulaba los cuadros del tartán escocés. Por si esto no era ya suficiente en medio del bar había una chimenea en la que crepitaban un montón de troncos de manera que te tenías que quedar en manga corta para no acabar sudando. Lo primero que me vino a la mente al entrar en el garito fue la novela de Moby Dick. No me hubiese extrañado nada que después de mí hubiese entrado por la puerta el mismísimo Capitán Ahab. Me pedí una Guinness y me senté en el único rincón que vi libre. Enseguida descubrí porqué ese sitio estaba libre a pesar de que el pub estuviese petado. Con el primer trago de Guinness noté como una gota me caía en la cabeza. Miré hacia arriba a tiempo de ver venir otra gota que impactó contra mi cara. Rezando porque esa gotera no viniese de los baños me recompuse un poco en mi sitio para evitar el goteo, coloqué un posavasos estratégicamente sobre la mesa para amortiguar las gotas y seguí a lo mío.

En todo el pub no había ni rastro de turistas aparte de uno de Ciempozuelos haciendo contorsionismos para no mojarse con una gotera. Los parroquianos eran todos currelas escoceses de toda clase y condición. Una pinta de Guinness me costó 4,10 libras, que no está nada mal teniendo en cuenta que en un pub irlandés de La Pineda me cobran 5,20 euros, o sea, me cuesta más o menos lo mismo la cerveza negra en un garito turístico de la Costa Dorada que en un genuino pub escocés. La globalización era esto.

Aunque anoche me acosté fino filipino esta mañana los huevos con salmón y todo lo demás me han dado la vida y a las 8 he salido del B&B con una idea en la cabeza. Buscar algunas de las localizaciones de mi película favorita de todos los tiempos, Trainspotting. No es momento ahora de sacar conclusiones de por qué mi película favorita es una protagonizada por yonkis, solo os digo que si no la habéis visto estáis tardando. Aunque Trainspotting está ambientada en Edimburgo realmente se rodó casi toda en Glasgow a excepción de unas pocas escenas. Una de estas escenas es probablemente la intro más reconocible de la historia del cine contemporáneo. Al menos para mí. Me refiero a la carrera de Renton y Spud por Princess Street perseguidos por la policía bajo los acordes del “Lust for life” de Iggy Pop. Pum pum pum pumpum pu pumpum…. Desde Princess Street he seguido el camino de los yonkis hasta acabar bajo Regent Bridge, donde Renton se da de bruces con un coche de la poli. No suelo ir a los sitios con una lista de cosas para hacer pero en este caso sí que tenía en mente buscar esas calles como haría un friki cualquiera. Unos siguen el rastro de Harry Potter y otros el de una panda de drogadictos. Por cierto, justo hoy he visto el trailer de Trainspotting 2. Reconozco que yo, al igual que mucha gente, me cagué en todo cuando me enteré de que habría una secuela veinte años después. Sigo pensando que es una mala idea pero después de ver el trailer me queda un resquicio de esperanza de que entre Ewan McGregor y Danny Boyle consigan no profanar del todo el recuerdo que todos tenemos de Trainspotting.

Después de hacer el friki el día me ha cundido bastante pero no os cuento más porque si no a ver de qué demonios escribo mañana. Os dejo que se me calienta la birra.

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