Tengo vértigo

Yo descubrí que tenía vértigo tras protagonizar un papelón lamentable en una de las agujas de la Sagrada Familia. Esta revelación de otra fobia más me pilló ya rondando la treintena por lo que supuso una auténtica y deshonrosa sorpresa verme allí arriba haciendo semejante cuadro de la chiva. Ni de lejos era el sitio más alto al que había subido en mi vida pero antes de aquel día nunca había sentido ningún temor aparte del humano miedo a caerte de las alturas. Lo que sentí aquella tarde en Barcelona fue pánico paralizante. En cuanto salí del ascensor en lo alto de la torre y eché un vistazo por una de las “almenas” empezó a temblarme todo el cuerpo. El muy bribón de Gaudí diseñó esas aberturas en las paredes enfocándolas hacia abajo de manera que por ellas no se divisa el horizonte sino las calles de la ciudad, a muchos metros por debajo de tu culo, por lo que la sensación de altura es acojonante. Literalmente a mí me acojonó. Después de ese primer y último vistazo hacia el abismo me tuve que sentar en el suelo para no desplomarme allí mismo. Y así estuve durante no sé cuánto tiempo. Con las entrañas atenazadas por un miedo irracional mientras a mi alrededor los niños jugaban y corrían alegremente por esas escaleras de cuento de hadas y los adultos se regocijaban con el despliegue de formas geométricas del templo.

Mi amigo Sebas asistió a mi performance con una sincera preocupación no exenta de pitorreo.  No era para menos. Sentado en un rincón de la escalera, con los ojos cerrados, más blanco que un folio y agarrado con las dos manos a la pared de piedra como Spiderman podemos decir que no estaba siendo el mejor momento de mi vida. Me había poseído una especie de trance gallináceo que me impedía separarme un milímetro de la pared o abrir los ojos como si solo con hacerlo el hueco del ascensor fuera a arrastrarme hacia sus profundidades. Como un soldado herido de muerte en el frente le dije a Sebas que se olvidase de mí, que siguiese adelante y disfrutase de ese templo tan maravilloso y tan loco que a mí me estaba haciendo perder la cordura. Bueno, eso le habría dicho si yo no hubiese estado totalmente fuera de mí e incapacitado para articular palabra. En mi estado lo mejor que pude conseguir fue gruñir un poco y mover la cabeza. Dado lo lastimoso de mi aspecto me costó varios gruñidos y cabezazos convencer a Sebas pero finalmente se largó a fliparlo con Gaudí y yo me quedé a solas con mi canguele.

Intenté retomar el control de la situación pero no pude. Había perdido la capacidad de razonar con claridad si es que alguna vez la he tenido. Quería bajar de allí y pisar tierra firme pero solo el pensar en separarme de la pared y levantarme redoblaba mis temblores y me agarrotaba un poco más. Permanecer allí hasta el fin de los tiempos parecía la mejor de las opciones a la vista. Me convertiría en una atracción para los turistas, me harían miles de fotos y quizá llegase a ser más famoso que Copito de Nieve. No parecía tan mal plan al fin y al cabo. Bastante más efectivo como camino hacia la fama que cualquiera de los que se me habían ocurrido hasta entonces. Y hasta ahora.

Cuando todo indicaba que había perdido la chaveta para siempre y que mi destino era acabar fosilizado en aquel escalón empecé a escuchar unas risitas sospechosas. El timbre femenino de algunas de aquellas risitas fue el que me hizo abrir los ojos ipso facto, y que le den al vértigo, para descubrir efectivamente que un grupito de mozos y mozas se mofaban a costa de ese tipo agarrado a la pared como una garrapata. En cero coma mi cara pasó del blanco pálido al rojo vergüenza y deseé que un rayo me fulminase allí mismo. Y fue una suerte oye. El viejo cuento de las tetas y las carretas actuó como mano de santo. Esos momentos en los que dejé de pensar en el miedo a las alturas para centrarme en mi miedo al ridículo me desconectaron un poco de la paranoia que me había poseído y fui capaz de ver las cosas con algo de perspectiva. Seguía cagado de miedo pero salir de allí ya no me parecía una misión imposible sino solamente algo que me iba a costar horrores pero que estaba a mi alcance. Con las temblorosas rodillas de un anciano artrítico fui poco a poco incorporándome a la vez que separaba con cautela las manos de la pared con más miedo que vergüenza. Los mozos y mozas pronto perdieron su interés en mi historia de superación y desaparecieron por uno de los pasadizos de la torre. A punto estuve de volver a sentarme y abrazar la pared pero las ganas de salir de allí y poder empezar a borrar esta escenita de mi memoria me mantuvieron en pie. Solo tenía que llegar hasta el ascensor y podría salir de aquella torre embrujada. Apenas había tres metros desde donde estaba hasta la puerta del ascensor pero a mí me parecía una distancia infranqueable. Me vino a la cabeza el día que tardé dos horas en ser capaz de recorrer los dos metros que separaban mi taburete de la salida de un coffe-shop en Amsterdam. Aquel día en Holanda tenía la excusa de una superskunk triposa pero hoy mi única excusa era la falta de agallas. Con pasitos cortos, como un funambulista que camina sobre la cuerda floja, conseguí acercarme al ascensor temiendo desmayarme con cada nuevo paso. En los angustiosos minutos que pasaron hasta que la puerta del elevador volvió a abrirse intenté no pensar en nada aparte del piti que me iba a fumar en cuanto estuviese a salvo. Las paredes del ascensor eran acristaladas, para una experiencia más plena, por lo que el viaje de vuelta al nivel del mar lo hice de nuevo con los ojos cerrados. Volví a notar algo de guasa entre alguno de los que bajaban conmigo pero ya no me importaba, estaba cada vez más cerca de la salvación y de un cigarro. En cuanto se abrió la puerta salí de allí echando ostias mientras me buscaba el paquete de tabaco por los bolsillos. Me encendí el piti aún con manos temblorosas pero con la sensación de haberme salvado de chiripa de ahogarme con el Titanic.

Desde aquel día no he vuelto a montar semejante teatrillo en las alturas aunque subo con congoja a casi cualquier sitio. Subir subo, pero cagao. También se acabaron para mí las montañas rusas y los viajes en avión ahora me dan más miedo que antes. Sigo cogiendo aviones cuando no me quedan más cojones pero intento volar siempre con Diazepam Airlines.

Bueno, hay otra secuela más. Y antes de escribirla he tenido que buscarla en internet para no quedar como un loco, un flipao o un toliga. Pero Google me ha dicho que le pasa a más gente. La cosa es que cuando estoy en un sitio muy alto y miro hacia abajo no me da miedo caerme sino tirarme. Tan estúpido como suena sí. Durante un nanosegundo pasa por mi cabeza la idea de saltar al vacío. Es solo una visión fugaz y aparte yo no soy gilipollas del todo así que nunca me da por seguir ese absurdo impulso.  Nada tiene esto que ver con instintos suicidas ni pamemas de ese tipo. Bueno, eso creo, porque después de leerme varias cosas al respecto no he encontrado muchas explicaciones convincentes. Y las hay de todo tipo. Desde algunas de corte científico hasta los iluminados que te hablan del vacío y el ser. Y si en la misma frase has puesto “iluminado” “vacío” y “ser” ¿de quién puedes estar hablando? Efectivamente, Milan Kundera no quería perderse la fiesta de la frase rimbombante y por supuesto que tiene algo intenso que decir acerca de este impulso de saltar al vacío. Y ya que yo no sabía cómo demonios acabar esta parrafada voy a dejar que sea el bueno de Milan el que la acabe por mí:

Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo en un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados”.

La insoportable levedad del ser

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2 comentarios en “Tengo vértigo

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