Los Seis y el Cacique Cola

Si Enid Blyton hubiese vivido en este siglo no me cabe duda de que sus libros se titularían algo así como “Los Cinco y el botellón de la muerte” o “Los Siete y la maldición del Snapchat”. Las nuevas generaciones vienen pisando fuerte y con dieciocho años muchos ya han empinado más el codo, han probado más drogas y han tenido más sexo que mucha gente en toda su vida. Y en veranito, en la costa y con las hormonas a tope la cosa se desmadra hasta infinito. Como mi casa está en una de las calles aledañas a la discoteca Pachá os podéis imaginar la romería de borrachos que contemplo cada noche desde mi terraza. Al principio lo llevaba peor pero con el tiempo me he acostumbrado a la escandalosa exaltación de la amistad y las peleas de machitos alfa marcando territorio. Lo de encontrarme potas con tropezones en la acera lo llevo algo peor pero tampoco es cosa de poner el grito en el cielo por algo que se soluciona con un cubo de agua. Además, encontrarte una pota es como encontrarte un condón usado, da asquito mirarlo pero es la prueba de que anoche alguien se lo pasó bien. Más o menos.

La última película de jóvenes con las hormonas desatadas y enfrentados a una mala tolerancia al alcohol la estrenaron anoche a las dos de la mañana justo bajo mi terraza. Los actores eran seis (mira tú por donde Enid Blyton), tres chavalotes y tres zagalas. La protagonista principal era una de las chicas que por lo que se deducía de los comentarios de sus compis se había pasado diez pueblos con el Cacique Cola. La chica en cuestión, a la que llamaremos Melopea, estaba hecha un ovillo sobre la acera mientras sus amigos trataban de espabilarla para llevársela de ahí. Melopea solo emitía sonidos guturales y de vez en cuando daba una arcada vacía de contenido. Los tres chicos parecían más entretenidos con el panorama que las dos chicas serenas,  a las cuales sí se las veía preocupadas por su amiga. Uno de los chavales, al que llamaremos Memo por muy diversas razones, no paraba de mofarse de la pobre borracha y abogaba por largarse a continuar la fiesta y dejar ahí tirada a Melopea. Otro de los jóvenes, al que llamaremos Gallardo, afeaba su conducta a Memo, lo que le honra, aunque a mí no me la das chaval, tú y yo sabemos que lo único que pretendías con esta actitud tan noble era ganar puntos de cara a conquistar a alguna de las dos chicas que permanecían en pie. El tercer chaval en cuestión era un poco veleta y tan pronto reía las bromas de Memo como asentía compungido cuando Gallardo intentaba ponerse serio. A este palmero lo llamaremos Vicente. De las dos chicas una pronto empezó a dejar de lado la preocupación por su amiga para centrarse en reirle las gracias a Memo. Farisea será su nombre. Gracias a Dios la borracha aún contaba con la ayuda de su otra amiga, que no hacía caso ni de las mofas de Memo ni de la impostada actitud de Gallardo y permanecía arrodillada junto a Melopea, cogiéndola de la mano y hablándole con ternura. A esta fenómena la llamaremos Esperanza.

La situación permaneció mucho rato estancada, mayormente porque Melopea era incapaz de ponerse de pie y porque por mucho que insistiese Memo ninguno de los demás parecía querer dejar abandonada a su suerte a la borracha. Esperanza les decía a los demás que se fuesen y las dejasen solas pero allí no se movía ni Cristo por un sinfín de intereses creados. Gallardo no se quería ir porque eso rebajaba considerablemente las posibilidades de pillar cacho, Farisea parecía dispuesta a irse detrás de Memo y sus paridas pero algo parecido al sentimiento de culpa no la dejaba seguir su instinto. Vicente esperaba a ver donde iba la gente y ni siquiera el bravucón de Memo se fue porque en el fondo es un mierda y no sabe estar solo.

Finalmente una de las arcadas de Melopea dio sus frutos y un chorro de chapapote marrón brotó de su boca en dirección al suelo y de ahí a los zapatos de todo el mundo en forma de salpicones. Expulsar el veneno provocó en Melopea la misma reacción que tiene Uma Thurman en Pulp Fiction cuando John Travolta le inyecta adrenalina en el corazón. Dió un respingo y se incorporó como activada por un resorte pero con el tembleque de piernas de un potro recién nacido. Todos se alegraron ante esta vuelta a la vida y rieron aliviados cuando Melopea, con voz espesa, como si acabase de salir de un chiste de Arévalo, gritó eufórica “¡¡Fiesta!!”. Esta muestra de entusiasmo habría resultado más creíble si no la hubiese acompañado con otro chorro de chapapote y un amago de desmayo que la volvió a dejar en cuclillas sobre la acera. Con todo el tacto del mundo Esperanza, ayudada por Gallardo, consiguió volver a levantar a la chica ébria. Melopea volvió un poco en sí pero seguía más borracha que una cuba y en su delirio tan pronto decía que quería a todo el mundo como los mandaba a la mierda.

De esta guisa, llevando entre dos a la borracha, pasito a pasito, la comitiva partió calle arriba en busca de nuevos horizontes. Los seguí con la mirada porque soy de natural gaceto y porque algo me decía que a la película le faltaba algo. No me equivocaba y ese algo iba a transformar una comedia pija adolescente en un pequeño drama. El idiota de Memo se adelantó unos metros a la comitiva, sacó su móvil y se puso a grabar los torpes pasos de Melopea y las entrecortadas palabras que salían con esfuerzo de su boca. Esperanza le gritó que parase pero Memo se envalentonó con las risas del resto y acercó más el móvil a la cara de Melopea sin parar de grabar mientras realizaba comentarios a cámara como si estuviese en España Directo. He visto suficientes películas de Bruce Willis como para que en ese momento me entrasen ganas de bajar a la calle, ir detrás de ellos y reventarle el móvil contra el suelo a Memo. No lo hice y todavía me siento mal.

No me habría gustado estar en el pellejo de Melopea cuando se haya despertado esta mañana. Lo primero habrá sido el dolor de cabeza inhumano y la boca pastosa. Pero la auténtica pesadilla habrá comenzado al recordar que circula por ahí un vídeo suyo bastante denigrante. Incluso es probable que no haya sido consciente de que la grabaron hasta recibir ella misma el vídeo por wassap.  A una edad en la que un grano en la cara te amarga la vida un vídeo de este tipo corriendo por los móviles de tus amigos y enemigos te puede traumatizar un poquito o un muchito dependiendo de tu carácter. A Melopea la resaca no le durará más de dos días pero la sombra del vídeo de Memo será alargada y esa herida tardará bastante más en curarse. Esperemos que la chica sea lo suficientemente lista y fuerte como para que no le quede cicatriz

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