A mi vecino le quedan tres telediarios

A mi vecino del segundo le quedan como mucho tres telediarios antes de que alguien le meta dos tiros. Yo apenas le he visto el careto a mi vecino en el año que llevo aquí, me he cruzado un par de veces con él en el portal y mis “buenos días” se han perdido escaleras arriba sin recibir contestación. A mi me la trae floja que no me salude, yo seguiré saludándole por cortesía y porque me da morbo saludar a alguien a quien van a matar.

No sé qué clase de amistades frecuenta el pavo pero ya va por la tercera vez que alguien lo llama a voces desde el jardín a las tantas de la madrugada. La primera vez pensé que serían unos colegas borrachos pues a las cuatro de la mañana un coche tuneado contra todas las leyes de la estética paró delante del bloque tocando el claxon de manera obsesiva, haciendo ruedas como Raikkonen durante cien metros para dar luego marcha atrás aún más deprisa si cabe y pararse de nuevo frente a la puerta. Mientras tanto el copiloto no paraba de gritar “Tony! Tony! Baja! Baja ostias! Que te queremos ver! Baja cabrón, sabemos que estas ahí!”. Obviamente mi vecino no se llama Tony pero prefiero no dar nombres porque internet es muy hija de puta y paso de ser la siguiente victima. Al final ese día terminó viniendo la policía, sin duda alertada por alguno de los 27 vecinos que estábamos apostados en nuestros balcones viendo el espectáculo. Los malotes se fueron con su coche a trescientos por hora y Tony pudo descansar todo lo tranquilo que le dejase su conciencia.

Yo no le di más importancia al asunto pero a los pocos días volvió a repetirse la escena, esta vez sin coche pero con una piba llamándole a voces desde el jardín, instándole también a bajar a la calle. Nunca he escuchado tantos tacos seguidos en boca de nadie. Yo estaba escondido tras el tendedero y tuve que echar mano del instinto de supervivencia para no reírme cuando ella le gritó: “pinche mamagüevos baja si eres hombre que te voy a cortar las pelotas”. A Tony no le debía de hacer mucha gracia que le castrase una histérica y esta vez tampoco se asomó. La histérica gritó cual Farinelli durante media hora y cuando sus cuerdas vocales no podían más se fue por donde había venido jurando venganza. Aquí ya empecé a sospechar que mi vecino del segundo tenía alguna cuenta pendiente.

La tercera vez fue ayer mismo y volvió a repetirse la escena del coche escandaloso y el conductor loco. Después de dar mil voces apenas audibles por encima del atronador volumen del reggaeton que sonaba en la radio y dejarse la goma de las ruedas pegada al asfalto el coche se paró frente al portal y de él se bajaron dos tipos con pinta de haber salido de la peli “The Warriors”. Iban sin camiseta, dejando ver sus músculos hipertrofiados, llevaban más tatuajes que el de Prison Break y por sus voces y aspavientos fijo que acababan de meterse media Colombia por la nariz. Me acojoné un poco y me dieron ganas de meterme en casa y descolgarme por la ventana de atrás con una sabana por si se escapaba alguna bala pero mi curiosidad de gaceto fue más fuerte y tumbado en el suelo del balcón como una sabandija me dispuse a asistir a mi primer asesinato.

Los malotes montaron tal pifostio, llamando al telefonillo del segundo hasta quemarlo y haciendo ademanes de ir a trepar por los balcones, que consiguieron que mi vecino por fin saliese de su madriguera. Lo hizo tímidamente por el balcón pero ante los dulces requerimientos de los dos sicarios (baja hijodeputa o subimos a buscarte) no le quedó más remedio que bajar. Según puso un pie en la calle uno de los sicarios le cogió del pescuezo y lo llevó hasta el coche. Lo metieron en la parte de atrás y salieron disparados supongo que en busca de algún descampado. A mi me costó un rato levantarme del suelo del balcón pues estaba muerto de miedo y me temblaban hasta los pelos del sobaco. Me tumbé en la cama entre sudores fríos y mientras intentaba tranquilizarme no dejaba de pensar en lo que un colega me contó que le habían hecho unos narcos de tres al cuarto a un conocido suyo al que se le había “olvidado” pagar una abultada deuda de drogas. ¿Sabéis lo que es la “corbata colombiana”? No se trata de un elegante complemento masculino hecho con hojas de coca sino de una liquidación de la deuda consistente en rajarle la garganta al moroso a la altura de la nuez y sacarle la lengua por el agujero. Mientras me juraba a mí mismo que nunca me relacionaría con semejante gente y que a partir de ahora iría todos los domingos a misa escuché unas ruedas derrapando y un horrible doble bombo sonando en la calle. De nuevo me deslicé sibilinamente hacia el suelo del balcón a tiempo de contemplar como una sombra con forma humana salía de la parte de atrás del coche. Nunca he visto a nadie más apesadumbrado. La sombra de mi vecino tardó un par de minutos en recorrer los seis metros que le separaban del portal y una vez ahí apenas fue capaz de meter la llave en la cerradura. Dentro del coche se oían carcajadas pero cuando mi vecino estaba a punto de cerrar la puerta los sicarios bajaron el volumen de la radio y en vez de buenas noches uno de ellos le gritó: “recuerda comevergas, tienes tres días!” Lo que os decía, tres telediarios.

 

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