Mónica

A Mónica la conozco desde hace un montón de años. La conozco desde mucho antes de haber cruzado una palabra con ella. En los años en los que uno deja de tirar del pelo a las niñas y empieza a mirarlas con otros ojitos Mónica y su grupito amigas despertaban en mí digamos que un cierto interés. Escondido detrás de un corte de pelo a tazón, unos pantalones naranjas de pinzas, un jersey rojo de pico y los playeros más cutres que uno puede imaginar a mi me tocaba conformarme con mirarlas desde lejos y esperar que mi suerte cambiase y algún día reparasen en mi existencia. Nunca fuimos al mismo colegio, ni siquiera fuimos juntos a catequesis, fue jodido hacerse ver por muy naranjas que fueran mis pantalones.

Eso cambió un miércoles de ceniza, en pleno Entierro de la Sardina. En mi pueblo el Entierro de la Sardina se celebraba en unos cerros cercanos, el “Cerro Castillejo”, antes de que les pusieran una valla y los privatizasen. Allí se juntaba medio pueblo para merendar y pillarse el puntillo con la limonada que regalaban desde el remolque de un tractor. Yo aún era muy joven para saber que el vino es bueno para el espíritu, sobre todo cuando es gratis, y me entretenía corriendo y haciendo el tonto con los colegas en lo alto de un cerro. Hacía una tarde esplendida, el amor preadolescente flotaba en el aire.

Sentadas en la ladera de un cerro Mónica y sus amigas pasaban el rato con sus bocadillos, sus cotilleos y supongo que alguna mirada furtiva hacia los que ya eran guaperas con doce años. Seguramente alababan las excelencias del culo de Marcos el Carnicero cuando escucharon un ruido a sus espaldas. Al volver la cabeza cerro arriba para ver de donde provenía ese ruido observaron como una pequeña nube de polvo rodaba cerro abajo. Entre el polvo parecían distinguirse unos pantalones naranjas de pinzas. Finalmente un chaval con pelo de gilipollas y los playeros más cutres que nunca habían visto se estampó contra el suelo a dos metros escasos de ellas. Yo no soy torpe, tengo mala suerte. El leñazo fue de aupa pero peor fue descubrir con horror quien había visto mi show en primera fila. Yo no rezo nunca pero en ese momento recé para que me fulminase un rayo allí mismo. Dios no me escuchó pues debía de estar ocupado planeando un buen desastre natural en algún país subdesarrollado así que no me quedó otra que levantarme, sacudirme los pantalones naranjas, poner la sonrisa que pone uno cuando con once años hace el ridículo delante de la chica que le gusta y sus amigas y alejarme en busca de un agujero donde meterme y esperar la muerte por espanto.

Al fin sabían que existía y además se habían reído, hay que tener cuidado con lo que uno desea. Desde aquel esperanzador debut tuve alguna anécdota más de pardillo de peli de instituto americano hasta que bastantes años después por fin pude demostrarles que además de caerme también sabía hablar. Ahora son mis amigas. Buenas amigas. Dejarme la jeta contra aquel cerro es de las mejores cosas que he hecho nunca.

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