En busca del fuego

Lo malo de pasarte dos días sin corriente eléctrica en tu húmedo apartamento de playa durante una ola de frío polar de tres pares de cojones es todo. Creo que no he pasado más frío en mi puta vida. Normalmente ya paso frío en casa pues por definición un apartamento de veraneo sirve para veranear y no para inviernear. No hay calefacción y mi única ayuda son las mantas y un minúsculo calefactor que no da calor sino pena. Si pongo el calefactor tengo que desenchufar el calentador de agua pues la instalación eléctrica data del medievo. El otro día se me olvido esta regla básica de superviviencia, la instalación se fue a la mierda y yo volví a la edad de piedra. Ni agua caliente ni luz ni calor, lo único que podía hacer para calentarme era freírme un huevo a la luz de una vela. Los huevos fritos no me gustan y que me den por culo si encontré esas velas de las que mi madre me hablaba por teléfono así que la primera noche me metí bajo las mantas a las nueve de la noche y esperé pacientemente a que me entrase el sueño maldiciendo mi suerte y escuchando como el viento glacial soplaba fuera.

A la mañana siguiente casi me da un colapso al salir de debajo de las cuatro mantas. Inocentemente pensé que quizá aún quedaba algo de agua caliente para ducharme y efectivamente así era, quedaba el agua justa para meter la mano bajo el chorro, confiarme, despelotarme a dos grados bajo cero, meterme bajo el agua y pegar un alarido cuando los diez centilitros tibios se acabaron y un chorro helado me dejó las pelotas como un chicle masticao. Me quedaba un buen rato para entrar a currar pero tiritando me puse el uniforme, bajé al coche y me lié a dar vueltas por el barrio como un tonto hasta que la calefacción me devolvio a la vida. Llegué al curro el primero y me abracé a la estufa como a mi primera novia.

El resto del día no estuvo mal, lo que viene a ser un día con corriente eléctrica, hasta que llegó la noche y tuve que volver a casa. Os ahorro los detalles pues esta segunda noche fue como la primera con la salvedad de que tenía tanto frío en casa que me salí un rato a la terraza porque se estaba mejor que dentro, lo juro por mi porro de por las noches. Volví a acostarme antes que las gallinas, volví a cagarme en mi suerte, volví a despertarme aterido de frío, no volví a intentar ducharme y volví a dar vueltas con el coche para calentarme. Por suerte ese segundo día al salir de currar por fin vino a visitarme mi hada madrina disfrazada de electricista. Después de una hora de trabajo, con mi inestimable ayuda sujetando la linterna con la bufanda puesta, el tipo logró arreglar el desaguisado y aunque me sopló sesenta y cinco pavos le di cinco más de propina porque no le podía dar un beso en los morros, tenía los labios cortados del frío.

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